Ozil sitúa a Alemania ante el espejo

Su renuncia a la selección reabre el debate sobre la integración en la potencia europea

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berlín / corresponsal

El último episodio de tensión entre Alemania y Turquía lleva nombre de futbolista: Mesut Özil. El exjugador del Real Madrid y actual centrocampista del Arsenal abandonaba el domingo la selección germana de fútbol (DFB) acusándola de racista. Una decisión que reavivó ayer el debate sobre la integración en la primera potencia europea, en la que viven tres millones de turcos, provocando una avalancha de reacciones que trascienden el ámbito del deporte.

Todo empezó cuando en mayo pasado Özil, nacido en la ciudad alemana de Geselkirchen en el seno de una familia de origen turco, se dejó retratar junto a su compañero, Ilkay Gündogan, con Recep Tayyip Erdogan, en un gesto que fue interpretado como un apoyo a la campaña a la reelección del presidente turco. «No tiene nada que ver con la política o con las elecciones, sino con el respeto hacia el máximo cargo del país de mi familia», insistió entonces el futbolista.

No obstante, su fotografía con el mandatario forzó que Özil y Gündogan se reunieran días más tarde con el presidente alemán, Frank-Walter Steinmeier, y la cúpula de la DFB. La tensión se hizo evidente durante el mundial de Rusia, cuando ambos futbolistas fueron objeto de pitidos de parte de los aficionados germanos. «Estos dos jugadores están muy bien integrados en Alemania», dijo en su defensa el seleccionador alemán, Joachim Löw.

Lejos de ceder, la polémica cobró fuerza tras la histórica eliminación de Alemania en la primera ronda. Fue ahí cuando realmente terminó de calar entre los ciudadanos de a pie, muy aficionados al fútbol, la idea de que quizás había sido un error convocar a Özil en medio del escándalo generado por la foto. El presidente de la DFB, Reinhard Grindel, llegó a exigir una declaración pública al centrocampista de 29 años.

«Soy un alemán cuando ganamos y un inmigrante cuando perdemos», dice el futbolista

«A los ojos de Grindel y de sus seguidores, soy alemán cuando ganamos pero soy un inmigrante cuando perdemos. Todavía no soy aceptado en la sociedad». Así reza el comunicado con el que Özil lamenta el comportamiento de los medios, a los que tacha de manipuladores, y deja la DFB. «Después de considerarlo mucho, ya no jugaré para Alemania mientras permanezca este sentimiento de racismo», escribió en Twitter, al tiempo que aseguró que volvería a retratarse junto a Erdogan.

Varios ministros turcos no quisieron perder la oportunidad de arremeter contra el Ejecutivo de Angela Merkel, con el que están de uñas desde 2015, cuando el Bundestag reconoció como genocidio la matanza armenia por parte del Imperio Otomano, y elogiaron a Özil. «Anotó su mejor gol contra el virus fascista» al abandonar la selección germana, apuntaba ayer el titular de Justicia, Abdulhamit Gul.

Mientras, la renuncia del que la prensa bautizó como «el mago de Öz» y símbolo de la multiculturalidad de la DFB, ha dividido a los alemanes. «Es una señal alarmante que un gran futbolista como Özil no se sienta querido en su país ni representado por la federación», sostuvo la ministra de Justicia, Katarina Barley. «Es un ejemplo típico de la integración fallida de demasiados inmigrantes de la esfera cultural turco-musulmana», afirmó Alice Weidel, presidenta del partido ultraderechista AfD.

La DFB se desmarcó de las acusaciones de racismo, y la portavoz de Angela Merkel pidió respeto hacia el futbolista, que según ella, «tanto ha aportado a la selección». Eso sí, el titular de Exteriores defiende que el de Özil es un hecho aislado. «No creo que el caso de un multimillonario que vive y trabaja en Reino Unido sirva para medir la integración en Alemania. En mi opinión ambas partes se equivocan», subrayó Heiko Maas.

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