UN PROYECTO DE ALIMERKA

Preparar dos platos distintos para que todos coman bien es más común de lo que parece. Con una base común y pequeños ajustes al servir, todos pueden comer equilibrado sin cocinar dos veces

La clave no está en cocinar recetas diferentes, sino en cambiar la manera de plantear las comidas. Cuando el menú se organiza a partir de una preparación principal común, resulta mucho más fácil adaptarlo a cada comensal sin perder equilibrio ni tiempo.

Un ejemplo sencillo es una bandeja de horno con proteína y verduras. Todo se cocina junto, con aceite de oliva y sal, sin complicaciones. A partir de ahí, el plato se construye de forma distinta.

Para los niños suele funcionar mejor la sencillez: una base de arroz blanco o pasta, la proteína separada y una pequeña cantidad de verdura. Cuando los ingredientes no están mezclados, el rechazo suele ser menor.

Si ese día están más reticentes, esa misma base puede transformarse en algo todavía más familiar. Un sándwich con la proteína principal, algo de queso y, al lado, unos tomates o una verdura cruda. No es una concesión, sino una forma inteligente de mantener el equilibrio sin forzar.

Para los adultos, la preparación admite más matices. Un bol con cereal, verduras y una salsa; una ensalada completa con frutos secos o aguacate; o un plato más especiado. La comida es la misma, pero el resultado cambia según cómo se monte.

Cocinar una vez, comer mejor toda la semana

Este enfoque no solo simplifica el momento de la comida, también facilita la organización semanal. Cuando partes de platos base, planificar deja de ser un ejercicio agotador y se convierte en una herramienta práctica.

Hay preparaciones que funcionan especialmente bien con esta lógica. Pasta con salsa de tomate completa —tomate, cebolla, zanahoria y calabacín bien picados o triturados—, guisos de legumbres con verduras, albóndigas en salsa o carne guisada. Son recetas que admiten ajustes sencillos en el plato y que, además, se pueden congelar.

Para los niños, una pasta con poca salsa y queso rallado suele ser suficiente. Para los adultos, más cantidad de salsa, más proteína o una guarnición extra. La base es la misma, aunque la percepción cambie.

Tener este tipo de platos preparados evita improvisaciones de última hora y reduce la tentación de recurrir siempre a soluciones rápidas menos equilibradas. Cocinas una vez, decides mejor durante la semana y ganas margen cuando el tiempo aprieta.

Menos negociación, más estructura

Cuando la comida se plantea desde esta organización, desaparece gran parte del conflicto. No hay que negociar cada plato ni inventar alternativas sobre la marcha. Todo el mundo come, cada uno a su manera, pero desde una estructura común.

Esto también tiene un efecto educativo. Los niños se familiarizan con los mismos alimentos, aunque los prueben en formatos distintos. La repetición sin presión es clave para normalizar sabores y texturas, y un sistema de platos base lo facilita sin convertir cada comida en un pulso.

Además, cocinar así reduce la carga mental. No tienes que pensar cada día qué hacer para unos y para otros. Sabes qué hay, cómo adaptarlo y qué opciones tienes en la nevera o el congelador. Comer bien deja de depender del cansancio del día y pasa a formar parte de una rutina realista.

Al final, no se trata de hacer menús perfectos ni de cumplir reglas estrictas. Se trata de encontrar una forma de cocinar que funcione en la vida real. Una en la que no cocinas dos veces, no renuncias a comer bien y no conviertes la mesa en un campo de batalla.

Porque cuando la base está bien pensada, todo lo demás fluye. Y comer en familia vuelve a ser lo que debería: algo sencillo, compartido y sostenible en el tiempo.