Nostalgia por un 127 blanco

Pablo González
Pablo González LA OPINIÓN

MOTOR

08 jun 2016 . Actualizado a las 18:41 h.

A menudo sueño que viajo en mi primer coche, un 127 blanco, una sensación solo superada cuando en la oscuridad de la noche retornan aquellos recuerdos en el 850 o en el 600 de mis padres. En esos momentos, la nostalgia por aquel utilitario se convierte en un sentimiento muy similar al que uno tiene cuando ha perdido un perro fiel. Nunca me dejó tirado, a pesar de su aparente fragilidad y de haber sido un regalo de segunda mano de un familiar. Sí. Era un coche simple como el Ford Fiesta: sota, caballo y rey. Su tecnología electrónica se reducía a una batería también de segunda mano que a veces había que recargar. No hacía falta ser ingeniero aeronáutico para saber lo que le pasaba a tu coche, y las sorpresivas averías tecnológicas se reducían a los pinchazos, tan comunes entonces. Tal vez, como mucho, un calentamiento excesivo del motor que, milagrosamente, se solucionaba con una botella de agua. Esa sensación de control sobre mi primer coche se echa mucho de menos, especialmente cuando nuestro mecánico de cabecera nos dice que no puede solucionar el problema de nuestro coche 2.0. «Es un tema electrónico», nos dice, de la misma manera que un médico anuncia una enfermedad terminal. Por supuesto que echo de menos otras muchas cosas. En aquel coche, ya entonces un poco fósil, fui a mi primer trabajo, viajé con primera novia formal e incluso sirvió a veces de acogedor refugio, en aquella época en la que el principal control de alcoholemia era un sueño reparador en el asiento de atrás.