Siempre estarán en casa


En gran medida, impulsada por la Marca España, la imagen del país en el mundo entero evoca elementos folclóricos más que conocidos como: el toro de Osborne, la paella, el sol y las playas mediterráneas, la parafernalia taurina, el surrealismo pictórico de Dalí y el vino riojano, entre muchos otros. Todos ellos, altamente apreciados en países del norte de Europa (en donde aún quedan vestigios en el imaginario colectivo de los relatos épicos de Hemingway y otros cronistas que comparaban sus andanzas por la península ibérica con el norte de África), así como en Estados Unidos, América Latina y Asia. En pocas palabras, gran parte del encanto embriagador de la imagen de España radica en su exotismo, en sus mágicos encantos bañados de sol y, por qué no, en el fútbol.

Pero, más allá del último punto anteriormente mencionado (el deportivo), hay muchas Españas construidas, reconstruidas, inventadas y reinventadas, así como rescatadas, añoradas y, por arcaico que parezca, aún reverenciadas, más allá del territorio nacional. Una de ellas, sin duda alguna es ?La España Verde?, y en forma más específica me refiero a Asturias y a su zona Oriente, llena de historia transatlántica y enriquecida con lazos que trascienden las fronteras y los contextos. Es cierto que en el imaginario colectivo argentino la figura del ?gallego? juega un papel preponderante en la conformación de la identidad nacional, o el vasco en ciertos círculos sociales caraqueños, bonaerenses, o del norte de México, pero en esta ocasión, quisiera hacer hincapié en una especial relación: la del Oriente Asturiano con México. Comencé, en el primer párrafo, señalando algunos de los ?lugares comunes? sobre España a nivel internacional, y lo hice con la intención de llegar al punto central de este texto, es decir, que en México la idea de España no precisamente corresponde, en gran medida, a esos elementos, sino que los lazos históricos, familiares, políticos, administrativos y comerciales con Asturias han creado una imagen de España mucho más apegada a los elementos culturales de identidad asturiana que a distintivos pertenecientes a otras regiones culturales y geográficas de la península.

Con esto no quiero decir a que a los mexicanos no les guste la paella, la fiesta taurina (la Plaza de Toros México es la más grande del mundo, y una de las más aclamadas), o los paradisiacos parajes mediterráneos, simplemente intento destacar ese punto que va más allá en la fraternal relación entre el pueblo asturiano y el mexicano. En Asturias se habla de México y de América, como en México se habla de Asturias y de España. Mucho de esto se le debe a la cultura indiana, quien gracias a su arquitectura, inversión de capital, y el caleidoscópico enriquecimiento cultural, ha fortalecido en el presente esa relación fraternal histórica que se remonta mucho antes que a los contextos bélicos y políticamente convulsos del siglo XX.

El escritor asturiano, Alejandro Braña, en su libro Asturias, Tierra de Indianos muestra cómo es que el Principado logra una especial y compleja conexión cultural e histórica con el otro lado del Atlántico. De acuerdo con él, el término ?indiano? nace en Baiona (Pontevedra), Galicia, en 1493, gracias a las noticias del descubrimiento del Nuevo Mundo con las que llegó Martín Alonso Pinzón. Pero trescientos cincuenta años más tarde de la llegada de Colón a lo que él pensaba que eran las ?las Indias?, se desató un proceso de redescubrimiento de ese Nuevo Continente. Se calcula que entre 1840 y 1930 más de 300,000 asturianos buscaron en las ya ex colonias españolas un futuro más promisorio, especialmente en México. Al respecto, Braña dice: ?Nuestro pequeño territorio se expandió así, más allá del mar, para poder dar cobijo a ese gran sueño de riqueza y prosperidad que, alcanza su cenit, a principios del siglo XX cuando un buen número de asturianos llega a dominar sectores clave de la economía tales como el tabaco, el azúcar, el comercio de ultramarinos y la industria textil, en una nueva y esplendorosa conquista de América.?

Imposible, por cuestiones de formato, sería hacer el recuento, mención y descripción de la vida y obra de todos aquellos asturianos ilustres que tuvieron un papel fundamental en la conformación política y económica dentro de las primeras décadas del México independiente, ya que lograríamos un texto de dimensiones enciclopédicas. Pero sí que resulta digno rescatar la imagen de Íñigo Noriega, reconocido indiano, la cual fue clave para la consolidación de la figura indiana. Emigró a México con 14 años, trabajó barriendo la tienda en la que dormía sobre el mostrador, continuó en la taberna El Borrego, y después se consolidó como comerciante. De ahí pasó a ser hacendado, ganadero, tabaquero, industrial ferroviario y uno de los más grandes latifundistas del país. Además de amigo del dictador, Porfirio Díaz, se le recuerda por haber desecado el Lago de Chalco para convertirlo en descomunales tierras de cultivo. Finalmente, debido al estallido de la Revolución Mexicana, pierde su fortuna y ofrece a Díaz la Quinta Guadalupe, en su Asturias natal, para el exilio, pero el dictador prefiere la capital francesa. Noriega, ya arruinado, parte desterrado a Nueva York.

Al margen del desgraciado final económico de Noriega, su figura de emigración, trabajo duro y desmedida prosperidad, embandera el caso de muchos paisanos suyos. A tal grado que esa imagen es la que se tuvo, durante mucho tiempo, del ?español? en México, y más específicamente, del asturiano. Pero no todo se ha perdido. El ser mexicano en Asturias es distinto a serlo en el resto de España. Muchas veces la conexión con el pueblo asturiano resulta inexplicable, y simplemente es palpable con una mirada cálida, un fuerte apretón de manos, un abrazo más largo de lo habitual, una cortesía distintiva. El ser asturiano en México, lo mismo. El pueblo astur tiene en México sus tres casas, además de la embajada española. Pero también tiene un centro histórico con cantinas y restaurantes emblemáticos que aún fungen como registros y archivos de la memoria de dos pueblos hermanos. Reductos de infinidad de historias transatlánticas, de amores y desamores, de fortunas y ruinas, de risas y llantos. Bastiones de quienes se atrevieron a llevar la Cruz de la Victoria a tierras en donde fueron recibidos como hermanos. Lugares en donde dos pueblos aprendieron una invaluable lección histórica: que un mexicano en Asturias, y un asturiano en México, siempre estarán en casa.

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