No han entendido nada ni lo entenderán


No han entendido nada, y así lo demuestran las cosas que empezaron a decir el domingo por la noche y continuarán diciendo los próximos días.

Albert Rivera no ha entendido que su problema no es la ley electoral, aunque sea cierto que esta vez le ha perjudicado. Su problema es su ideología marxista. La de Groucho. Ya saben, estos son mis principios... Ayer mismo negó que vaya a vetar a Rajoy, y hace medio año aún decía que jamás entraría en un Gobierno que no estuviera presidido por él. Presume de dirigir el único partido verdaderamente español, pero conoce poco España. Los lectores de La Voz saben desde diciembre que para Albert, Corme es lo mismo que Tomelloso. Y así lo ha vuelto a demostrar en la confección de las candidaturas. Una pena, porque su arrojo en Cataluña, su propuesta regeneradora y alguno de sus compañeros de viaje invitaban a imaginar otro futuro.

Pedro Sánchez, que se ha salvado de milagro, no ha hecho ni hará autocrítica. La culpa de que el PSOE haya obtenido el peor resultado de su historia es del PP, por inflar la burbuja de Podemos, y de Podemos, por no votarle en marzo. Si le dejan, volverá a intentar configurar un Gobierno sin apoyos, porque cada semana que pasa es tiempo ganado. Sobre todo después de que Susana, la Reina del Sur, también se haya estrellado.

Pablo Iglesias por fin ha descubierto que los experimentos de laboratorio no siempre salen bien en campo abierto. En política, y menos en la izquierda, dos y dos no son cuatro. La vieja parroquia de Izquierda Unida no ha pasado por el círculo de Podemos y entre Garzón e Iglesias han dejado a la izquierda más desunida de lo que siempre ha estado. Su diagnóstico de la situación, atinado hace dos años, ya es moneda común. Y en cambio sus recetas siguen siendo de parvulitos. El batacazo, un millón de votos menos, se ha producido especialmente en las aglomeraciones urbanas en las que gobernaban sus franquicias locales, después de un año de políticas frentistas y expectativas incumplidas. La puntilla ha sido el caudillismo del líder y la constatación, cuando han empezado las curvas, de que la democracia interna era un gancho más de márketing.

Tampoco Rajoy ha entendido ni entenderá nada. Ocho millones de votos y 137 escaños no significan que el PP no siga siendo el nasty party, una opción alejadísima de la ideología y el corazón de un alto porcentaje del país, sobre todo de la población más joven, la que dibujará el futuro. Mucha gente, esa gente normal a la que suele invocar Rajoy, harta de la austeridad y los recortes sociales, de los casos de corrupción y la gestión de los mismos, ha votado al PP con una pinza en la nariz, o se ha abstenido, para evitar el lunes por la mañana una resaca como la que aún están sufriendo los ingleses. No entender esto y encastillarse en el balcón de Génova solo servirá para lograr una investidura en precario, gestionar una legislatura corta e incrementar el riesgo de un salto al abismo dentro de dos o tres años.

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