El factor sólido


Si tomamos las cosas con un poco de distancia, sorprende, se mire como se mire, que la izquierda no haya conseguido obtener una mayoría suficientemente robusta en las dos elecciones generales que nos han tenido ocupados desde diciembre de 2015 y que haya sido incapaz de ponerse de acuerdo para articular un proyecto alternativo a la continuidad del Partido Popular en el Gobierno. Después de lo que ha llovido, con la multiplicación de escándalos de corrupción en el PP (31 casos con 835 investigados a 30 de mayo de 2016), incluyendo la acusación al propio Partido por el borrado sañudo de los discos duros del ordenador de Bárcenas, extraña que pueda depositarse en ellos confianza alguna hasta que acometan la regeneración necesaria, que sólo puede surgir (si aparece) de un periodo de cierta duración en la oposición. La consolidación de la pobreza laboral, la precariedad social y la fragilidad de los servicios públicos como receta política de salida de la crisis, ahondando en problemas estructurales de nuestra economía no resueltos (una deuda pública disparada, la esperanza de la recuperación depositada en el turismo y hostelería más que en actividades de mayor valor añadido, etc.), empañan el balance económico. Y la falta absoluta de liderazgo, con un Presidente desacreditado (una nulidad en política exterior, además, en momentos decisivos) y Ministros que, en su mayoría andan entre el vilipendio y la irrelevancia, llevarían en condiciones normales, a la hora de confrontar el juicio de las urnas, a una derrota electoral sin paliativos. Como, pese a la erosión del bipartidismo, el PP sigue siendo el Partido de referencia de la derecha, con una base amplia, fiel y de grandes tragaderas, parece comprensible (hasta cierto punto) una capacidad de resistencia destacable; pero que, con todo, haya fortalecido su posición en la repetición electoral, merece un análisis que sigue pendiente.

La izquierda debería tomar nota de lo sucedido, si analizamos sus pobres resultados, a pesar del bagaje doloroso del Gobierno del PP (sin dejar de reconocer que el escenario era ciertamente complicado), la sensación de movilización al calor de la contestación social a la crisis, y la, al menos a priori, mayor proximidad en simpatía y posicionamiento ideológico que hacia posiciones progresistas moderadas expresa repetidamente en las encuestas la mayoría de los participantes. Ni la coalición Unidos Podemos ha funcionado, e incluso ha privado a una parte de los votantes (minoritaria pero en modo alguno irrelevante) de la alternativa tradicional de IU; ni el PSOE ha sido capaz de parar la sangría de apoyos iniciada en 2011 (aunque haya demostrado fortaleza y centralidad cuando se le daba por sorpassato), purgando todavía las penas de haber sido arrollado por una crisis que superó todas las previsiones y cuya huella se padece todavía a diario. La fragmentación del voto de izquierdas y el énfasis que se pone en la discrepancia entre fuerzas llamadas a entenderse mientras persista este escenario electoral, tampoco han ayudado en nada, porque, por mucho que una minoría comparta los mensajes de descalificación radical del competidor (la casta vs. el populismo), a la mayoría le rechina tanto exceso verbal y agradecería otro tono.

Quizá las cosas hubieran sido distintas si, en lugar de dejarse enredar en la pegajosa dinámica de la telegenia, el eslogan cien veces repetido con el que arremeter inútilmente contra la realidad, el ineficaz voluntarismo, la conversión de los partidos en cajas de resonancia del líder (en el caso de Podemos llevado esto a límites difíciles de comprender) el cortoplacismo de la táctica electoral y el abuso del gesto, se hubiera apostado por un proceder más sereno, la conformación de alternativas no basadas sólo en prometer gasto público a raudales (que no resulta creíble ni sostenible), la búsqueda de soluciones en lugar de culpables, la práctica de un diálogo político que se trabaje calladamente y a fondo y no sólo con grandilocuentes invocaciones, o la apuesta por un estilo político más contenido, serio y fiable. El factor sólido que es, en suma, esa valiosa combinación de credibilidad, integridad y solvencia, y que es perfectamente compatible (o debería serlo) con la dureza en la crítica cuando sea preciso y con la habilidad en la motivación al cambio que toda persona o colectivo precisa para activarlo y comprometerse en él.

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