De ti de depende, de ti depende, tú eliges


Elige la vida. Elige un empleo.

Elige una carrera. Elige una familia.

Elige un televisor grande que te cagas.

Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos.

Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales.

Elige pagar hipotecas a interés fijo.

Elige un piso piloto. Elige a tus amigos.

Elige ropa deportiva y maletas a juego. 

Trainspotting. Dir. Danny Boyle, 1996

Esta sociedad tan cambiante, tan flexible, tan intercomunicada, tan consumista, nos lleva a identificarnos con ídolos pasajeros. El fast food es el correlato de un vínculo rápido y saciador. Comida rápida, sexo espontáneo, amor pasajero, trabajo temporal, best sellers, estrellas del pop. Comida basura, sexo animal, mercantilización de los sentimientos, precariedad laboral, lectura previsible, marketing popular,... Para qué buscar relaciones duraderas de calidad que no son seguras ni fiables. Son complicadas, suponen un considerable esfuerzo y no nos permiten margen de maniobra ante posibles eventualidades. Convierto en mi ídolo a un jugador de fútbol que terminará estafando a Hacienda o, lo que es peor aún, fichando por el «eterno rival» y luego qué? Asisto a todos los conciertos de mi grupo preferido de música a la espera de que no termine traicionándome o reiteren el mismo disco eternamente. Me vinculo a una empresa por medio de un contrato indefinido (si es que existen cuando se publique este artículo) con expectativas de progreso profesional para que ese acuerdo de voluntades se rompa por una deslocalización sin previo aviso.

Nada más lejos de la realidad. La identidad, entendida como identificación con algo o alguien, solo puede ser pasajera, un corto viaje de ida pero con la vuelta abierta. Nada de grandes planes a largo plazo. Ya no se lleva, sobre todo porque pueden salir mal. Esta vinculación con lo rápido, lo inmediato, lo inminente nos lleva a preguntarnos si funciona la solidaridad personal entre individuos o grupos, si es viable una planificación que vaya mucho más allá de un placer o beneficio inminente.

De todos los personajes de X-men, el que mejor representa la sociedad actual es Mística, el personaje misterioso y del que poco se sabe, cuya mejor virtud es adoptar la forma que se le antoje. De todos los superpoderes que atesoran los X-men, el más útil, sin duda, es el suyo. ¿De qué sirve congelar cosas, manejar el fuego, tener garras de lobo o leer la mente, cuando todos soñamos ser otra persona? Resulta curioso que cuando se nos pregunta si somos felices, contestemos con un moderadamente satisfechos con nuestra vida, pero que en privado todos soñemos con ser otra persona, no con ser mejores de lo que somos.

Estos aspectos tan aparentemente frívolos, también son objeto de este artículo y tan importantes como otros apuntados y mucho más serios. Ya que, los unos y los otros se integran y a veces se explican desde el punto de vista de la identidad, de la permanencia, de la ciudadanía y de lo cívico.

No debemos olvidar que, como nos recuerda Román Gubern, los seres humanos somos más visuales y auditivos que el resto de animales, que suelen valerse más del olfato y del gusto. Somos audiovisuales, en una palabra. Por ello, por la preeminencia de estos sentidos, las modernas tecnologías de la comunicación e informáticas están modificando nuestras vidas, afectándolas en un plana físico [?] en el intelectual y el en emocional, según este autor en El eros electrónico. La televisión ha colonizado el tiempo de ocio, se ha generalizado el consumo audiovisual doméstico, se conoce mejor al tertuliano que al vecino, se generaliza el sedentarismo y el aislamiento, las relaciones se «electrolizan», etc.

Se ha llegado a un dualismo antagónico entre el dentro-fuera, público-privado, hogar-espacio público. Esta circunstancia nos lleva a considerar más real lo virtual (actores, estrellas del rock, realities, culebrones) que lo natural y cotidiano (compañeros de trabajo, búsqueda de aparcamiento, colas en centros comerciales, idénticos chistes y comentarios). Además, ¿quién necesita salir a la calle? ¿Qué me ofrece que no pueda obtener en casa? Sobre todo puedo ser quien yo quiera ser y, lo que es más importante, dejar de serlo cuando me plazca. Lo más curioso es que aunque elegimos esta opción doméstica, más segura y placentera, nos sentimos solos y desamparados en nuestros hogares? Por eso encendemos la televisión o la radio, nos hace mucha compañía. Las nuevas tecnologías, sobre todo la televisión, han sustituido a la chimenea o la cocina como lugar de socialización, como vínculo social y familiar. Y la televisión, que en el pasado cumplía esta misión de reunión, cuando su número era reducido, se está viendo sustituida por las redes sociales y los dispositivos móviles de un tamaño cada vez más reducido y manejable, aquellos que nos conectan a la vez que nos aíslan.

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