A sangre fría y en horario infantil


La explosión descontrolada del PSOE no debería pillar a nadie por sorpresa porque, con excepciones y sin episodios tan violentos, es lo mismo que le está ocurriendo a la mayor parte de la socialdemocracia europea. El auge de la antipolítica, que sobre el papel pretendía recoger el malestar de los sectores más críticos de la sociedad con los resortes tradicionales del poder, y acabar con el oligopolio bipartidista, en la práctica está horadando sobre todo los cimientos de la izquierda moderada, dividiendo al electorado y allanando el terreno a gobiernos conservadores en las principales democracias del continente.

Que el PSOE iba por el camino del Pasok griego se intuía hace apenas dos años, tras las elecciones europeas que encumbraron a Podemos. Para intentar evitar lo inevitable, el entonces líder Alfredo Pérez Rubalcaba se echó a un lado y las bases eligieron a Pedro Sánchez. Hasta entonces, del político madrileño sabíamos que era guapo, ex jugador de baloncesto y uno de los pocos tertulianos que se atrevía a meterse en la leonera televisiva de los Indas y Marhuendas a enfrentarse con el fiero Pablo Iglesias. En el ránking del griterío Sánchez no llegaba al aprobado, pero como el Parlamento español había sido sustituido por los platós del tomate político, los militantes socialistas se conformaron con la telegenia de Pedro y el resultado lo acabamos de ver dos años después.

Lo sorprendente de este nuevo episodio es que lo que el electorado iba haciendo a cuenta gotas lo han hecho Felipe y Susana en dos mañanas. La reina del Sur, que ha llamado personalmente a casi todos los miembros de la dirección del partido, está convencida de que lo mejor para el PSOE es dejar gobernar a Rajoy dos años, y después disputar con ella como candidata unas elecciones (¿De nuevo a Rajoy? ¿A Feijoo?) que está segura de poder ganar. Y en este sentido, la decapitación a sangre fría y en horario infantil no es solo para evitar ahora unas terceras elecciones sino, sobre todo, para acabar con la posibilidad de que a Pedro Sánchez le salga bien la fórmula de Corbyn en Reino Unido: atornillarse a la silla, abrazado a la militancia y con todo el establishment del partido en contra.

Habrá que ver quién tiene razón en la inevitable disputa jurídica que se acaba de poner en marcha. Cuál de las dos partes se ha leído bien los estatutos o incluso si estos estaban bien redactados para dirimir una batalla fratricida de este calibre. En todo caso, el espectáculo es lamentable y las formas desautorizan a todas las partes.

Así que, aunque sirva para evitar la vergüenza de unas terceras elecciones, nadie debería estar contento. La demolición del PSOE no es una buena noticia ni siquiera para el PP. Porque la ecuación de Rajoy, o yo o el caos, nos deja ante la disyuntiva de sufrir a un gobierno inmune a la crítica y al control de la oposición, o ante la posibilidad de que finalmente todo explote y se produzca el caos. Y nadie puede predecir qué vendría después de un nuevo Big Bang.

A sangre fría y en horario infantil