Entre momias y agitadores


Alberto Garzón está henchido de entusiasmo revolucionario, como corresponde a sus amoríos con Pablo Iglesias. Alberto Garzón tampoco quiere pasar a la historia por sus trabajos parlamentarios y quiere salir mucho en el mogollón de las manifas y las protestas callejeras. Alberto Garzón se ha ido a ver al rey Felipe VI (ciudadano Felipe de Borbón, según su atropello constitucional) y salió de la audiencia informando que le había dicho a ese ciudadano que habrá movilizaciones, aunque no será él, ni su partido, ni la coalición Unidos-Podemos quienes las organizarán. Seguramente serán -eso ya lo digo yo- movidas automáticas, sin responsables ni padres conocidos, que surgirán de forma espontánea, y Unidos-Podemos se sumarán a ellas porque casualmente pasarán por allí. «Estaremos detrás», dijo después Pablo Iglesias, con ese afán que tienen por estar detrás de todo lo que se mueve. Por delante, no; por detrás. Para comenzar bien el circo y asegurar buena resonancia, empezarán por estar en la ceremonia llamada «Rodea el Congreso», que también surgió de forma espontánea, nada que ver con Unidos-Podemos, aunque solo ellos tuvieron información del natalicio y solo ellos hacen la convocatoria. Olvidan que una protesta así ante una institución del Estado es un delito tipificado en el Código Penal, pero un despiste lo tiene cualquiera y lo importante en España no es la ley, sino salir después en los telediarios, que mola más que un buen discurso en el pleno del Congreso. No olvidemos que el último evangelio de Pablo dice que es falso que la política se haga en el Parlamento. La política se hace donde la quieran hacer los politólogos de Unidos-Podemos, y no esa casta de vendidos al Ibex 35 y a las multinacionales.

Y así nos encaminamos hacia una entretenida campaña otoño-invierno de manifestaciones, escraches y protestas varias, bajo la disculpa de que la investidura de Rajoy no es legítima y, si es ilegítima la investidura, también lo será su Gobierno y, si es ilegítimo el Gobierno, también lo será el sistema que lo hace posible, y si es ilegítimo el sistema habrá que ir pensando en cambiarlo. No seamos tímidos: habrá que pensar en derribarlo. Y si se hace desde la calle, con gente de la calle y no con las «momias» (expresión de Irene Montero dirigida a la gestora del PSOE), el derrumbe del sistema es más seguro y contundente.

Lo que menos se ajusta a las funciones de Unidos-Podemos es que los combativos dirigentes estén pensando también en convocar una huelga general. Sería un buen método para salir todavía más en los telediarios. Y promete un sugestivo futuro: se empieza por usurpar el papel de los sindicatos y se termina usurpando el papel de los partidos políticos.

Entre momias y agitadores