Fidel Castro: el último soldado de sus ideas


A mediados de los años noventa, a la vuelta de su primer viaje a La Habana (por invitación del sistema sanitario cubano), mi padre me relató la historia de un mundo (no sólo de un país) que me resultaba completamente desconocido. Anacrónicamente feliz, dolorosamente orgulloso, y precariamente distinguido en todo sentido. Me costaba trabajo comprender por qué la gente en la calle le pedía un lápiz y no dinero para comer o para vicios. Por qué apreciaban más su cinturón que las monedas que llevaba en el bolsillo. Tampoco podía entender cómo podía ser tan alegre la música de un país en donde, como le relataban a mi padre, «sólo se comía pollo una vez al mes», y en donde el huevo revuelto servido en el restaurante del hotel era en polvo. Sí, huevo en polvo, impensable pero cierto, huevo en polvo. 

Poco tiempo después, mi maestra de Matemáticas de quinto grado, nos obligaba a utilizar cada parte del folio en donde hacíamos los ejercicios de operaciones aritméticas. Ella nos decía que en Cuba los niños no tenían papel. Tampoco tantos lápices o bolígrafos como nosotros. Que ellos tenían otras cosas, pero eso que a nosotros nos sobraba y desperdiciábamos inconscientemente, no.

Años después, en la adolescencia, conocí gente que elegía al país caribeño como destino para el turismo sexual. Nada nuevo para un sitio con grandes carencias económicas y que resultase atractivo para extranjeros con solvencia en dólares o euros. La carencia ajena siempre ha sido negocio. Y la mayoría de las veces, muy redituable. Curiosamente a esos turistas les sobraba dinero, pero les faltaba mucho conocimiento y cultura general. Ellos no iban a ver murales o museos, ni a comprarse un puro o una boina cheguevarezca (ni siquiera estaban interesados en los souvenirs folclóricos). Tampoco buscaban una conversación con los locales para comparar visiones interculturales. Pero lo curioso de este caso resulta: la divisa que ingeniosamente utilizaban aquellos clientes para hacerse de los servicios sexuales de l@s locales. Es decir, ropa pirata que imitase marcas de lujo. Llevar dólares de sobra no era del todo efectivo, ya que en un país con nivel de desabasto total y en donde el lujo está prohibido, de poco servía ese metálico. Por lo tanto el sexo se intercambiaba a cambio de camisas, camisetas, pantalones o simplemente algún cinturón que ostentase alguna marca (insisto: mientras más ostento, mejor). Así, los yuppies de naciones económicamente más prósperas, podían por muy bajo precio llenar la maleta con ropa pirata y deslumbrar a l@s isleñ@s. Personalmente, lo que más me repugnaba de aquellos relatos, era que esos turistas creían (mas no pensaban) que engañaban a la gente cubana. Hay que pecar de inocencia virginal para imaginar que puedes timar a alguien más culto que tú.

Cuando hablé sobre ello con músicos cubanos (años después, en México), me confirmaron que eso sucedía, pero que «no todo el mundo era así». Me comentaron que quienes más deseosos se mostraban por esos supuestos bienes de lujo, eran los que después, inevitablemente, terminarían emigrando a Estados Unidos. Pero los que yo conocí, simplemente eran músicos, y buscaban ganarse la vida dignamente haciendo lo que sabían hacer y para lo que habían estudiado. Percusionistas, pianistas, guitarristas y cantantes. Casi todos habían recibido instrucción formal musical en Cuba. No eran músicos callejeros. Sabían de composición, armonía, música clásica, improvisación y mezclaban la música tradicional de la isla con el jazz, blues, bolero y un sinfín de géneros más. Auténticos profesionales. Casi todos, gente muy culta, discreta, sencilla, y con una envidiable propiedad al hablar. También, casi todos, muy prudentes al momento de emitir una opinión sobre política.

Después de lo anterior, comprendí que Cuba también es un país y no sólo una idea romántica. Que no sólo es una postal caribeña, ni un lugar con barbones politizados y superdotados para la música y el ritmo. Entendí que era eso: un país como todos los demás. En donde nadie es igual, en donde hay gente educada y gente inculta. En donde todos los hombres son (y deben ser) cuestionables, como en cualquier otro sitio. En donde siempre pasan cosas, aunque un régimen diga lo contrario. Y aunque así también lo expresen los detractores de ese régimen.

Comprendí, igualmente, que los discursos que hablan sobre «cómo debe vivir el resto» siempre se escriben con el estómago lleno y las facturas de la luz y el agua pagadas. Pero también me hice consciente de que los grandes hombres, las grandes mentes (independientemente de la simpatía política que se les pueda tener), son revolucionarios por naturaleza, y que la mayoría de sus detractores son gente de mucha menor calidad intelectual y personal. Fidel, indiscutiblemente, fue uno de esos grandes hombres. Y tal grandeza (que, como todo, también debe ser cuestionable) no podía dejar impávida a la opinión cubana e internacional. Su figura fue una suerte de emperador romano adaptado al siglo XX. Por romántico que parezca, su palabra tenía un gran peso (y no sólo porque detrás de ella estaba el poder completo del Estado). Su palabra era fuerte, y siempre escuchada, porque detrás de ella había mucho pensamiento. Había argumentos y lecturas. Había ideas y el precedente de discursos como el de la ONU en 1960.

Dictador y héroe. Héroe y dictador. Pero jamás algo en el centro. La mediocridad o las medias tintas jamás fueron características de Fidel Castro. Su vida y obra quedará para juicio de la Historia (dirán algunos). Otros se limitarán a estudiarlo desde las aulas y los libros. Otros ya lo odian y lo odiaban en vida. Por otra parte, hay quienes lo idolatraban vivo y lo seguirán haciendo con su memoria. «El soldado de las ideas», es como se autodefinía. Y tal vez no estaba tan equivocado. Ahora que ha muerto, los pragmáticos (locales e internacionales) y quienes ponderan más lo material que lo ideológico, darán rienda suelta para transformar (para bien o para mal) lo hecho por él. Entonces los hechos pueden derrumbarse, pintarse, sepultarse, ocultarse y negarse. Como siempre ha sido. Tal vez las ideas no. Esas se pueden desarrollar o refutar, pero jamás destruir. Tal vez, como siempre, tal vez.

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