Ni pene ni vulva, un pan como una hostia


Redacción

Al final, ha sido una feliz coincidencia que se cruzaran en los tribunales, en las columnas de opinión, en las redes sociales y en el pequeño cuñado que vive en la boca de Carlos Herrera, la conjunción del debate sobre el autobús tránsfobo de Hazte Oír y la polémica por el drag queen con imaginería católica que ganó el concurso del carnaval de Las Palmas en Canarias. Es una colisión de argumentos estupenda sobre los límites de la libertad de expresión que, como suele ser habitual últimamente en España, va a dirimirse en los tribunales. Hay quien ha tratado de equiparar los sucesos, poniendo al mismo nivel el daño de las ofensas que ambos episodios pudieran padecer; y no son pocos los que hoy braman contra la espantosa, por lo visto, blasfemia de Canarias, cuando hace bien poco defendían con furor las portadas de Charlie Hebdó.

Pero lo cierto es que se trata de casos bien distintos; ya tengamos pene o vulva, usemos nuestro común órgano cerebral para aplicarnos con intelecto. El autobús de Hazte Oír surge como oposición directa a un cartel para favorecer la visibilización de los niños transexuales que se desplegó en marquesinas del País Vasco. Es una respuesta simétrica a una campaña que pretende promover la tolerancia y la información acerca de un colectivo --de niños, y esto es muy importante-- pero con un reverso de confusión y odio. Porque lo que difunde el autobús, o la autocaravana de Hazte Oír, lo mismo con su sentencia afirmativa que poniéndolo entre interrogantes, es señalar a unos niños como degenerados, les pone en la diana del acoso y la incomprensión. ¿Por qué se quiere negar que hay niños transexuales? Para distinguirlos como anómalos, para desprotegerlos. Claro que sí. La campaña de Hazte Oír se había anunciado con un itinerario que arrancaba en Madrid y que debía continuar por las comunidades que legislan o preparan leyes para defender específicamente a los transexuales de la discriminación. Una que este grupo sectario quiere prolongar por todos los medios, con falsedades repugnantes como que se puede obligar a hormonar a los menores. Acabáramos, están aquí de nuevo (porque son los mismos) aquellos que cuando se aprobó el matrimonio homosexual amenazaban con el fin de la familia y sugerían que si íbamos a permitir tratar a los gays como al resto de seres humanos terminaríamos convirtiéndonos todos en homosexuales. Doce años después la familia sigue aquí tan campante sin problema alguno y España --a pesar de energúmenos como estos-- es uno de los países con mayor aceptación de la homosexualidad. Sinceramente los que dicen que se trata de una enfermedad parece que en su fuero interno anhelan que sea contagiosa y que les toque a ellos, o algo así.

Hablamos aquí de grupos perseguidos a lo largo de la historia y todavía en el presente de forma sangrante. Que han sido y son atacados violentamente, que padecen discriminación laboral; por eso precisamente (y mucho más cuando estamos hablando de menores) precisan ser protegidos de forma singular, para eso se establecieron los delitos de odio. ¿Pueden equipararse a esto los católicos en España? ¿de verdad? ¿hay algún caso de algún católico despedido de su trabajo por manifestar su fe? ¿les persiguen con palos cuando van a misa o celebran la primera comunión?

La religión católica cuenta con una mención específica en nuestra constitución --fruto de la sombra inmediata de la dictadura en la transición a la democracia-- que ha definido a nuestro estado como aconfesional y no laico. Los ritos católicos ordenan nuestro calendario laboral, se juran ante crucifijos y biblias los cargos públicos y se ofician con sus ceremonias los funerales oficiales. Cuentan con una casilla específica para recibir fondos en la declaración de la renta (una, por cierto que se anuncia para financiar obras caritativas y resulta que no es así, porque también las organizaciones católicas reciben su dinero de la de fines sociales), y ostenta el privilegio inédito de que sean los obispos los que seleccionen a los profesores de religión en la escuela pública aunque luego tengan que ser indemnizados por el dinero de todos si son despedidos por algún excéntrico motivo que atañe a su doctrina. Si el catolicismo está perseguido en España ojalá fuéramos todos así de perseguidos.

Tendremos que esperar a ver que dictan los tribunales, y aunque no hay que adelantar acontecimientos, permítasenos manifestar la poca fe en que acabe bien el cuento vistos los antecedentes. Vivimos en un lugar donde la policía y un juez no dudaron en enviar a prisión e intervenir sus comunicaciones a dos titiriteros por hacer lucir a sus marionetas un cartel de «Gora la Alka-ETA» porque había niños (pese a que se advirtió que no era un espectáculo infantil) entre el público mientras que andamos aquí con papel de fumar para penes y vulvas, con todos los melindres y matices, para discutir sobre una campaña que específicamente alienta el rechazo a unos menores.

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