El último cesteiro de Rebollar


Durante largo tiempo, los artesanos del suroccidente asturiano partían de sus casas con sus útiles a cuestas para ganarse la vida en otras tierras. Cunqueiros y cesteiros dejaban atrás su pueblo y su familia por prolongadas temporadas y se dirigían a la Meseta y más al Sur aún, para mercadear sus productos, fabricarlos allá donde los pudiesen vender y tratar de conseguir algún dinero para contribuir a la economía familiar a su regreso. La vida de subsistencia y sacrificio legó conocimientos únicos y una tradición artesana que atrae el interés (y permite crear un cierto mercado) entre aquellos que nacimos urbanitas y desarraigados, pero que al menos tenemos la curiosidad y el respeto infinito hacia quien atesora el saber de ayer. Teniendo entre mis manos uno de los pequeños cestos fabricados por el último cesteiro tradicional de Rebollar (Degaña), me parece casi un vestigio de una época y una cultura que, pese a ser relativamente cercana, llega a su fin y fía su futuro a su transformación y simbiosis de la mano del turismo rural, con el aprecio de cierto público por la genuina artesanía, en nuestra era del plástico y la fugacidad.

Las viejas generaciones de nómadas artesanos se extinguen, pero esperemos por nuestro bien que su saber perviva. Difícilmente lo hará el paisaje que conocieron, comprobando en Ibias y Degaña la matorralización del monte, escuchando el vuelo de los medios aéreos de extinción para atajar el enésimo incendio de la temporada, constatando que el tímido repoblamiento se hace con coníferas en detrimento de las especies autóctonas, viendo los efectos de la sequía y el cambio climático en arroyos disminuidos y lagunas glaciares reducidas a charcas, o escuchando a los mayores las historias de las antiguas nevadonas -hoy apenas un remedo- en las que para salir de casa se utilizaba la ventana del piso superior y no la puerta. Además, esta parte de Asturias sufre un fuerte despoblamiento que se convierte en crítico con los estertores de la minería privada -el fin de la actividad económica más relevante- y se siente olvidada de los centros de poder, seguramente impotentes para hacer frente a un fenómeno quizás irreversible. Aun así, atesora enormes activos culturales y naturales, paisajes de una belleza inmensa y una fuerte asturianía en tierra fronteriza, que no se corresponde con la atención que el discurso oficial y las medidas públicas les han prestado. Bien es cierto que la política de protección de espacios naturales (con la declaración del Parque Natural de las Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias) ha servido para ganar atención entre el público que busca en ellos el disfrute que sólo la naturaleza otorga, con las oportunidades económicas asociadas. Y, es justo señalar que el Gobierno autonómico ha lanzado el llamado Plan Especial para los concejos del Suroccidente Asturiano, con actuaciones planificadas hasta el 2025, lo que denota que por fin se aprecia que la gravedad de la situación exige respuestas ambiciosas. Ojalá sirva para atajar un declive demográfico y económico que, hoy por hoy, tiene perspectivas sombrías.

Escribía hace unos años Pedro de Silva que «Asturias debe ser un museo vivo y no un parque temático», advirtiendo del riesgo de convertir nuestros atractivos naturales, culturales e históricos -que son inmensos- en una representación impostada o en una exhibición hecha para terceros, sin ser la expresión sencilla de lo que somos y la muestra de una sociedad en marcha con sólidas bases en su pasado. La autenticidad no se aparenta y sólo el mantenimiento de nuestras constantes vitales en el conjunto de Asturias, sin dejar ningún territorio en el olvido, evitará que nos convirtamos en simulación para visitantes. El paisaje labrado por la actividad, el respeto por nuestros valores naturales, el aprovechamiento del conocimiento de las generaciones anteriores, son capitales indispensables para evitar nuestra conversión en artificio.

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