Turismofilia


Bienaventurados los turistas, porque ellos nos sacarán de pobres. La temporada avanza y las cifras de visitantes, pernoctaciones y divisas dejadas en nuestra economía van camino de record. Se espera que en 2017 el número de turistas en España sea de 80 millones de personas, liderando el ranking internacional y superando definitivamente a Francia. Ni el sindiós de Magaluf ni Arran Jovent ni las bajas por el balconing frenarán que el turismo se convierta en la aparente tabla de salvación de nuestra economía. La debilidad de nuestro sistema productivo y nuestro tejido industrial sigue siendo endémica y, con la crisis, no sólo se puso fin abruptamente a la economía del ladrillo sino que también se frustraron grandes esperanzas en sectores emergentes (véase lo sucedido en el ámbito de las energías renovables, obligando a muchas empresas a buscar la subsistencia y el negocio fuera de España). Así que, mientras espabilamos (que sea más pronto que tarde), nos queda acoger con los brazos abiertos la buena fortuna de ser un atractivo turístico apreciado por muchos.

Es cierto que los beneficios asociados al sector son inestables y pueden ser pasajeros, porque la creciente afluencia también tiene que ver con los problemas recientes de otros destinos turísticos globales y, singularmente, de un buen número de países mediterráneos, antes fuertes competidores. Necesitamos, por lo tanto, que la ebriedad de las buenas cifras del turismo no nublen la vista sobre los muchos y persistentes problemas de nuestra economía; lo mismo en Asturias, que se ha incorporado con fuerza a la corriente de éxito, lo que es de celebrar. Por otra parte, a cualquiera con un mínimo de conciencia social le repugnarán las frecuentes situaciones de precariedad laboral y sueldos bajos que padecen los trabajadores del sector; injusticias que no se sostienen ni son aceptables, más aún cuando la cosecha turística es rentable. Y, efectivamente, todo debe tener un límite y una regulación acertada y razonable, que hay que debatir a fondo y sin miedo, porque el crecimiento sin tasa (y sin ecotasa) no hay infraestructuras, servicios públicos, playas, monumentos ni parques naturales que lo soporten; y porque no queremos convertir paisajes y lugares emblemáticos en decorados desprovistos de alma y esencia, en los que hacer fila para el selfie de turno.

A todo ello se suma que los locales tenemos que aguantar de vez en cuando algunos excesos y conductas irresponsables o destructoras, ciertamente cargantes, ante las que no hay por qué callarse y que merecen, digamos, amistosa corrección. Poner cara de nativo algo airado (sólo nos falta el hueso en la nariz) para reprochar al senderista que tira residuos en el camino o a quien aparca de cualquier manera molestando al resto, es un deporte sano, pedagógico y liberatorio, siempre que se haga con retranca y una media sonrisa (no vaya a ser que alguno te calque una leche, claro). Nada que ver con la turismofobia que algunos cafres han puesto de moda, naturalmente, porque la hospitalidad es una virtud ennoblecedora y necesaria para la convivencia; porque, pese a la homogeneización cultural y al poder uniformador de la masa (la que, en palabras de Manuel Vicent, siempre ha llegado antes que tú allá donde vayas, para devorarte), en el turismo todavía hay una parte de viaje, aprendizaje e intercambio enriquecedor más allá de lo material; porque necesitamos cuadrar la balanza de pagos; y porque, a fin de cuentas, el que esté libre de hacer el turista en pantalón corto que tire la primera piedra.

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