Distopía asturiana


Asturias no terminó de amanecer ayer. No fue un día nublado de tantos a los que no prestamos atención sino un día sin día, sospechoso y eclipsado por la ceniza, que adormeció la región y la sumió en una melancolía reflexiva. Hay más de uno que piensa que en Galicia los incendios comienzan cuando terminan de pagarse las nóminas de los apagafuegos eventuales; pero yo creo que existe un catálogo mucho más amplio de razones para la piromanía a cual más perversa. Al igual que los nacionalismos extremos, obedecen tanto a intereses particulares como a la ignorancia oligofrénica, al odio a los demás o la simple patología mental. Quemar cosas y seres es una casi vocación exclusiva de nuestra especie, y se produce recurrentemente en la historia.

Asturias dejaba ayer un permanente regusto a ahumado en la boca, un hedor de colosal derrota traído con el viento. Esto es lo que somos capaces de hacer: acabar con todo y a veces con todos en una pira abrasadora. Quemar en una tierra cada vez más seca no es sólo estúpido: es suicida y aboca a un paisaje desolado como el que describen algunas películas, libros y comics. Al menos algunos tenemos imaginación para pensar cómo sería la escuálida supervivencia en un lugar sin recursos, aunque más que consuelo eso es un desconsuelo.

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