Lo inexplicable es por qué seguían libres


En el péndulo emocional en que se ha convertido la política catalana desde hace semanas, hoy parece que tocaría un nuevo balón de oxígeno para el mundo independentista. A cualquier demócrata le impresiona la fila de furgonetas de la Guardia Civil camino de la cárcel, llevando dentro a unos señores que hasta hace una semana se movían en berlinas oficiales y manejaban Cataluña a su antojo.

Pablo Iglesias, el más rápido en el salvaje oeste de las redes sociales, fue el primero en tuitear que no quiere vivir en un país en el que se encarcela a los opositores. El lapsus es comprensible por la afición venezolana del líder de Podemos. Pero los que anoche durmieron en Alcalá Meco y Estremera no conforman la oposición de ninguna república bolivariana, sino el Gobierno de una de las regiones más ricas de Europa, destituido hace una semana por los delitos que ahora les han llevado a prisión. Y precisamente por eso sus actos son más graves.

Leyendo el impecable auto de la jueza solo cabe preguntar por qué estas personas seguían en la calle, entraban como Pedro por su casa en el Parlament y aparentaban que seguían gobernando. La jueza los acusa de montar una organización criminal para conseguir de forma ilegítima sus objetivos políticos. De alentar una insurrección pública contra el Estado. De azuzar a los ciudadanos contra alcaldes que no pensaban como ellos. De resistir de forma colectiva a la autoridad. De hacerlo todo ello durante más de dos años (aquí la jueza se ha quedado corta) pese a las reiteradas advertencias del Tribunal Constitucional y los propios letrados del Parlament. Y obviamente de pagarlo con el dinero de todos.

Esta nueva oscilación del péndulo podría llevar a pensar en que ahora el mundo indepe volverá a cerrar filas y llegará reforzado al 21D. Pero va a ser lo contrario. El encarcelamiento de Junqueras y compañía generó más ruido que nueces, a las protestas acudió poca gente y se fueron pronto a casa. Los tertulianos indepes, que antes repetían la consigna diaria como el catecismo, ahora se despedazan entre ellos. El termómetro emocional lo marca un tuit publicado anoche por Toni Soler, uno de los grandes agitadores del procés (su productora de televisión ha facturado a TV3 más de 43 millones en los últimos años): «Por favor, quien tenga capacidad para movilizar, que empiece a hacerlo enseguida'».

Nadie la tiene, la han perdido. Están más desunidos que nunca y saben que este cuento se ha acabado. Porque no pueden seguir engañando durante más tiempo a las miles de personas a las que les habían prometido la luna. Y sobre todo porque están probando en sus propias carnes que la maquinaria del Estado es lenta, pero cuando arranca es imparable.

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