El «influencer» no es lo que era


No resulta necesario tener millones de seguidores en Instagram para ganar una buena pasta por salir paseando sobre una tabla de skate de la marca x o por subir una foto comiendo un helado de la marca h. El mercado de la publicidad ha evolucionado tan rápido como avanzan las nuevas tecnologías en un mundo cada vez más digital. Los mismos señores que hace unos años descubrieron las redes sociales como el camino más corto para llegar a su público objetivo se han dado cuenta de que no tiene por qué resultar equivalente el número de seguidores de un perfil de Instagram u otra plataforma con la capacidad para provocar una compra. ¿Por qué? La relación entre el público y una persona a la que sus dos o tres millones de followers han convertido en una estrella no es la misma que la que tiene alguien con la que interactúan cada día solo 500 o 600. El influencer muere de éxito porque no hay contacto directo, porque no es capaz de dar respuesta a cada comentario. Dicen los expertos en márketing que pierde su capacidad de influir. En cambio esos que se han quedado con un público más modesto pueden mantener vivo el contacto, responder... Ahora son ellos los que atraen a las compañías. No todo dura toda la vida.

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