El negocio de la libertad


Defender la libertad de expresión se ha convertido en un modelo de negocio, una tapadera para maximizar la participación y atraer ingresos publicitarios. La frase es de Noam Cohen. La deslizó esta semana en un artículo publicado en The New Yorker. No lo había pensado, pero puede que esté refiriéndose a ese juego nacido a la sombra de Internet que se alimenta de las emociones. De nuestra facilidad para enfurecernos o saltar de alegría como respuesta a un estímulo. Apoyados en la defensa de esa libertad de expresión hay quien defiende el hablar de todo de cualquier modo. No importa quién pueda ofenderse. Esas contestaciones cuanto más punzantes, más eco provocan. Eso alimenta la máquina y atrae publicidad. Es lógico. La pregunta es «¿pero a qué precio?». A veces a costa de la verdad. Un ejemplo: yo podría lanzar un comentario rápido sin contrastar. Como el aleteo de una mariposa, mi frase acabaría provocando un tsunami de respuestas que, a su vez, generarían más frases con réplica y polémica. Mi comentario, que podría ser una verdad a medias o una mentira, acabaría convertido para muchos en certeza. ¿Cómo cambiar las reglas para frenar esos bulos que campan a sus anchas por la Red? No lo sé. Supongo que el señor Cohen tampoco. Pero sí advierte que Silicon Valley no es tu amigo.

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