El secesionismo huye hacia adelante

Radicaliza el mensaje porque empieza a ver posible la derrota


«La mejor gestión de todo el Estado, de largo». El balance que hace de su propia labor política el exvicepresidente de la Generalitat Oriol Junqueras en la entrevista que publicó el diario La Vanguardia refleja mejor que cualquier tratado lo que está sucediendo. Sacar pecho por una gestión que ha provocado que más de 3.000 empresas abandonen Cataluña, que la comunidad se haya quedado sin sistema financiero, que las cifras de turismo caigan dramáticamente, que Cataluña sea la comunidad en la que más sube el paro, que la deuda catalana sea menos que bono basura, que la convivencia cívica esté destrozada y que la marca Cataluña sea ahora un lastre para cualquier producto en toda Europa indica la total desconexión con la realidad del independentismo. Pero refleja también, lo que es acaso más preocupante, la imposibilidad de que rectifique.

Ni un paso atrás. Junqueras tiene claro que en cualquier escenario que implique un reconocimiento de errores, tanto si gobiernan como si son oposición, él, Puigdemont, Rovira y el resto de santones del procés serán las primeras víctimas. De ahí que los principales líderes secesionistas, que comenzaron la campaña entonando un atisbo de autocrítica, estén radicalizando sus mensajes cuando empiezan a ver posible la derrota, como si pensaran que solo una huida hacia adelante pudiera sacarles del atolladero en el que se han metido.

Vuelve la Forcadell guerrera

Carme Forcadell, modosita y apocada en el inicio de campaña para evitar que el juez Llarena la llevara de vuelta a Alcalá-Meco, ha perdido ya el miedo y retoma el personaje de la tieta exaltada. «La represión no frenará la república», grita ahora Carme, la misma que después de pasar una sola noche a la sombra abrazó la Constitución ante Llarena como un náufrago aferrándose a un tablón. El propio Junqueras, consciente de que se comerá el turrón y las uvas en Estremera, insinúa que volverá a violar la Constitución cuando le preguntan si reactivará la república catalana en caso de gobernar. «Si lee el auto de prisión, entenderá que no debo contestar a esta pregunta», responde taimado. Y hasta el líder de la Asamblea Nacional Catalana, Jordi Sànchez, quema ya sus naves al desafiar la prohibición de hacer campaña y la ley penitenciaria participando en un mitin con un mensaje grabado. Llamar tontos a todos sus rivales ha sido su gran aportación política.

Todos ellos tienen claro que el retorno a la unilateralidad no lleva a ningún sitio y que la puerta de la aceptación internacional de una república catalana está cerrada. Pero ya no luchan por la independencia, sino por su situación personal. Por impedir que el entierro del procés acabe sea también su tumba política. «La victoria de Junts per Catalunya es la que garantiza que los presos salgan de la prisión», clamaba ayer un Puigdemont que sube también el tono y promete «desplegar la república con todos sus efectos». Sabe que no es cierto, pero también que si el independentismo se modera, o pasa a la oposición, se abre un nuevo tiempo político. Y entonces, su único destino sería envejecer en Bruselas

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