Argentina: un país «normal»


Argentina. Pienso en Argentina y me viene a la mente Ícaro: aquel joven mitológico que voló alto y tan cerca del Sol, pero que cayó después de olvidar que la fuerza de sus alas no era más que la de la blanda cera que se derretía con el calor. Pienso en ella, porque su turbulenta economía hoy vuelve a ser noticia. Como cada 10 o 15 años lo es. Pienso también en los fantasmas de sus últimos gobiernos: el Corralito de 2001 (cuando casi 70.000 millones de dólares en depósitos fueron congelados, 18 millones de cuentas quedaron paralizadas, y, por primera vez en décadas, una decena de niños murió por desnutrición); así como las devaluaciones y la inflación, que lo arrebatan todo en un mundo como el de hoy.

Pienso en ese lugar austral de 23 provincias en casi 3 millones kilómetros cuadrados, donde habitan cerca de 43 millones de personas. Pienso en él, y de pronto me vienen a la mente más de sus viejos demonios: las dictaduras militares, y el populismo. Cierro el diario y pienso en esa república que sigue siendo de «buenos» y de «malos», en la que unos hacen negocio con los otros. Pienso en ese «rincón» del mundo (el octavo más grande, por extensión territorial) y no logro definir si esos viejos demonios lo son tanto. En Argentina he pensando durante estos días y me pregunto: ¿por qué la gente que vive en el país que vio nacer a Tomás Eloy Martínez, a Leila Guerriero, a Rodolfo Walsh y a Martín Caparrós sigue idolatrando a sus políticos de manera casi mesiánica?

Pienso en la patria que conecta «al gigante de América» con «el fin del mundo», y lo hago como si ella fuese una postal. Porque, de alguna manera, los países son sólo eso: la fotografía de algún lugar que deseamos ver con cierta distancia. Pero en esa imagen no veo a una pareja tanguera en El Caminito, ni al Obelisco que une a la 9 de julio con Corrientes, ni a Gardel, al «10», o cualquiera de sus «inmortales». La contemplo y comprendo que Argentina es mucho, pero muchísimo más que la Recoleta, Belgrano, y las villas de emergencia. En ella veo al vendedor de diarios gritando «¡cinco presidentes en una semana!» y «¡el que apuesta al dólar, pierde!». Y veo a un «tano» de tercera generación afuera del consulado italiano vendiendo su turno para solicitar la doble nacionalidad. Además, la fotografía de asados domingueros incompletos porque un primo, un hijo, o una hermana se ha (o se han) ido a Europa, México o Australia. Veo a la gente que cruza la calle y que lleva de la mano a sus historias, como si todo fuese parte de un guión de Adolfo Aristarain o de una canción de Charly García. Busco la fecha de esa postal, pero no la encuentro. Por eso no sé si se trata de una imagen de 1983, 2001, o de ayer mismo.

Dejo de lado esa fotografía y leo nuevamente el diario, donde los economistas dicen que Argentina hoy está lejos de ser la que fue en 2001. Y que el préstamo de 30.000 millones de dólares (25.000 millones de euros) que ha pedido Mauricio Macri al Fondo Monetario Internacional sólo es una medida para contener el shock causado por el círculo vicioso que se ha creado entre su erosionada divisa y la inflación. Pero lo cierto es que el peso argentino sigue depreciándose (15% frente al dólar, en dos semanas), mientras que la inflación sigue creciendo. También, que la palabra «Fondo» en ese país tiene un impacto psicológico y colectivo mucho mayor que en otros.

El presidente de la república albiceleste, e hincha de Boca, prometió hacer de Argentina «un país normal». Y le quedan poco menos de dos años para cumplir esa promesa (si es que no resulta reelecto). Pero en este caso no es el tiempo lo importante, sino saber cuál es la definición qué él tiene de «normalidad». Porque, para más de una generación de argentinos, emigrar después de una devaluación o de una hiperinflación es justamente lo normal. Lo es, también, un hiperactivo mercado negro de dólares en las calles bonaerenses, así como el crecimiento en los niveles de la inseguridad y en la brecha entre ricos y pobres.

Ojalá que los economistas (al menos los más optimistas) en esta ocasión tengan razón, y Argentina esté lejos de ser como aquella de 2001. Y como la de 1975, cuando su hiperinflación de casi 1000% hizo que algunos negocios cambiaran tres veces los precios en un mismo día. Ojalá que Mauricio Macri sepa sortear exitosamente estas nuevas y «normales» turbulencias financieras, para que en su país deje de ser «lo normal» temblar cada vez que en los diarios aparecen «Argentina» y «FMI» en un mismo titular.

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