Teología del asesinato

OPINIÓN

Berlusconi, el inefable, el automomificado de plástico, quería que la nonata Constitución Europea mencionara el carácter cristiano de la Unión, una idea que remontaba nada menos que a Constantino. Salió de Roma y vuelve a Roma, qué ombliguismo italiano tan abundante. En Estados Unidos los billetes citan certeramente a dios. «In god we trust» , en él confiamos, rezan los dólares. Allí les llaman, en lenguaje callejero, los presidentes porque todos llevan la imagen de uno de sus estadistas ilustres, de modo que tradicionalmente el presidente y su dios son una especie de entente cordial que se saca a procesionar, mayormente, antes de un bombardeo. Bin Laden, Sadam, el carnicero sirio El Asad y su chusma, Trump y los delirantes iraníes, todos asesinan en nombre de dios y de los petrodólares. Judíos y palestinos ponen a su dios, que es el mismo, en medio de una guerra a la que ningún dios verdadero daría el visto bueno. Putin también tiene su dios, que es él mismo con su catecismo y todo, que consiste en fastidiar a todo dios.

Nunca, en fin, la utilización del nombre de un presunto dios fue un engaño tan grosero y tan ofensivo para el intelecto. Y nunca fue más verdad que dios está en todas partes. Lo asombroso es que Berlusconi quisiera hacernos tragar esa rueda de molino de aceite español y no lo consiguiera. Esto que se está desintegrando en Europa no lo arregla ni dios, por eso ya en su momento los ingleses se independizaron de Roma y fundaron su propia religión, que ahora siguen con el escaso entusiasmo que les caracteriza. Se fueron, los franceses estuvieron a punto y los italianos ya tienen la bomba de relojería en marcha con su absurda coalición antinatura e instalados en el caos habitual. Y en ese reparto de la miseria, Asturias, que va a ser anexionada y debidamente sometida a la cuenca del Ruhr, se quedará una vez más colgada de las sotanas y con los bolsillos vacíos.