Milton Friedman en Galapagar

OPINIÓN

31 may 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Creyéndose un voluntarioso seguidor de Lenin, Pablo Iglesias solo es un discípulo involuntario de Chesterton: un gran Gatsby que se ha vestido de Alcampo para pasar inadvertido, durante años, en las ascéticas y proletas calles de Vallecas. Todo fue relativamente bien hasta que decidió ser padre. Entonces la palabra evangélica de Gramsci naufragó, como Venecia durante los meses de acqua alta. Pablo Iglesias, en efecto, ha sucumbido al denostado neoliberalismo, esa teología glacial de Wall Street que recluye en un apartheid a los pobres y parias de la tierra. Con la compra de Villa Lenin en Galapagar -pagada con su dinero-, Pablo Iglesias parece sugerir que el sistema no es tan malo como él lo describía. Ni los bancos, lobos devoradores de sonrosadas caperucitas proletarias, o al menos no de su Irene Montero.

El asunto no es únicamente que la diputada y el Savonarola de la casta se hayan comprado la carísima Villa Lenin y con ello hayan traicionado a millares de votantes y a un nutridísimo grupo de compañeros de partido. No es solo eso. De su actuación se han beneficiado sus adversarios. A partir de ahora, Galapagar va a ser, aparte de la vivienda de dos burgueses lumpen, el lugar desde el que Rivera, según los tornadizos sondeos, no menos tornadizos que el zigzagueante discurso político del líder naranja, asaltará los cielos de La Moncloa apenas emigren las gaviotas de la paleocorrupción. Eso sí, siempre y cuando Sánchez no desaproveche la ocasión de impedírselo, que el espíritu del PSOE, más que sus méritos o su carisma, ha resucitado la carne mortal de Pedro, en colaboración, desde luego, con el PP, que previsiblemente acelerará su descensus ad inferos tras la sentencia de la Audiencia Nacional por el caso Gürtel y la moción de censura del dirigente socialista, que Iglesias se ha apresurado a secundar por razones tanto ideológicas como personales (le ha venido bien que el PP sea el primer partido de la historia democrática condenado por corrupción para desviar la atención de su chabolo).

Hasta hace unos años, Podemos era la patria portátil de los que no tenían patria, y Pablo Iglesias un Moisés tardojipi que iba a limpiar el mal karma social y político de España, después de que lo emporcaran el bipartidismo y el monoteísmo de la corrupción. Desde la compra del chalé, muchísimos votantes de Podemos se preguntan legítimamente si seguirá siendo el morado el color de la esperanza, o si estará mutando al verde del dólar y todo terminará, en el mejor de los casos, en un remake del káiser gallego, o sea con Iglesias bostezando la digestión del Marca en un despacho monclovita.