Ahorcado con su propia soga


Mariano Rajoy tuvo una ocasión inmejorable para cambiar el rumbo de la política española en noviembre del 2011. Era el momento más duro de la peor crisis conocida: el derrumbe del castillo de naipes de los bancos y las cajas, el drama de las hipotecas y los desahucios, los ERES salvajes, el cierre de calles comerciales enteras, familias completas que se quedaban sin ingresos… El rescate a España, el espejo griego, la inminencia del corralito eran la apertura del periódico un día sí y otro también.

Ese fue el contexto en el que Rajoy ganó sus primeras elecciones generales. Muchos españoles le votaron con una pinza en la nariz, y ahí empezó a cavar el registrador de Pontevedra su tumba, la de su partido y la del ahora llamado régimen del 78. Porque, inexplicablemente, Rajoy malinterpretó aquellos resultados y desaprovechó la ocasión que le brindaba la última gran mayoría absoluta de la historia.

Pensó que en lugar de votos aquellas urnas venían llenas de lejía que blanqueaba la ciénaga de corrupción que había sido el tardo-aznarismo. Porque hay que recordar que en noviembre del 2011 la Valencia de Rita, Camps y Zaplana, las Baleares de Matas y Urdangarin, y el Madrid de Espe y Gallardón ya despedían un olor insoportable. Cuando Rajoy se creyó más campeón del mundo que Iniesta, el caso Gürtel, que ahora lo ha enterrado, ya llevaba cuatro años de investigación, el Supremo ya tenía imputado a Bárcenas y Correa llevaba dos años en prisión.

Es cierto que buena parte de los actuales lodos vienen de los polvos del aznarismo, como recuerdan ahora los dirigentes del PP. Pero también lo es que Rajoy tuvo la oportunidad de hacer borrón y cuenta nueva, reconocer los hechos, pedir perdón, renovar de arriba a abajo el partido con cuatro años de mayoría absoluta por delante, y no lo hizo. El resultado, ocho años después, es archiconocido: como diría Guerra, a la política española no la conoce ni la madre que la parió.

En su hoja de servicios, que no es poco, queda la habilidad de poner a Guindos de interlocutor con Bruselas y Berlín, conseguir una devaluación del país en cómodos plazos y evitar una intervención salvaje como la de Grecia o Portugal. También hay que reconocerle la toma de decisiones duras e inevitables: subidas de impuestos, reforma laboral...

Pero su gran legado ha sido la dejación en funciones y la negación de la realidad. Nunca hizo nada para afrontar la brecha generacional del país. Para qué, mientras diera la suma con el voto de la gente de orden de toda la vida.

Y en el asunto catalán, su gestión del problema, tumbado a la bartola, salta a la vista: Puigdemont parece que comerá el turrón en Berlín y Mariano verá el Mundial de Rusia en su casa.

Por eso la culpa de que todo esto ocurra justo ahora, en el peor momento posible, no es de nadie más que de Rajoy. Ni Pedro Sánchez ni el PNV podían hacer otra cosa. Rajoy, el gran superviviente de la política española, 34 años en el asiento de atrás del coche oficial, se vuelve al Registro de la Propiedad de Santa Pola ahorcado con su propia soga.

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