900 euros y las uvas de Lázaro


Entre las numerosas virtudes de «Mad Max Fury Road» está la de haber creado uno de los mejores villanos de la historia reciente del cine, Inmortan Joe, señor de la guerra en el páramo que mantiene su dominio brutal sobre hombres y mujeres (aunque mucho más brutal sobre las mujeres) gracias a su control de la única fuente de agua en kilómetros a la redonda. Inmortan Joe dosifica el reparto del líquido con crueldad abriendo las compuertas de forma muy calculada durante unos breves instantes con gran ceremonia y las cierra de pronto con un discurso paternalista en el que aconseja que no se acostumbren a la abundancia o se volverán adictos al agua.

Con el anuncio de que en el preacuerdo de los presupuestos generales del Estado se incluirá un aumento del salario mínimo interprofesional hasta los 900 euros, ha salido una horda de economistas, expertos y políticos liberales a anunciar el apocalipsis para las empresas con un peculiar clamor de ¡sed testigos! de lo mal que irá todo con tal dispendio salarial, que va a ser la ruina.

Han abundado los 'paper' --todo se empezó a ir un poco al carajo cuando se aceptó decir 'paper' en vez de artículo-- en los que se detalla con estadísticas y gráficos las demoledoras consecuencias para el empleo y la economía en su conjunto porque se vayan a incrementar tan míseros salarios. Es curioso que no haya tal abundancia investigadora para señalar los efectos perversos para la economía del país de que haya establecido por norma que las horas extra no hay por qué pagarlas (con el robo, no hay otra manera de llamarlo, que esto supone para los trabajadores, millones de euros cada año regalados a las empresas por la cara); el abuso de la temporalidad en los contratos (más del 90% de los que se firman cada mes) y el fraude sistemático que caracteriza el mercado laboral. En Asturias bastó enviar 1.800 cartas a empresas en agosto para que aparecieran de repente un millar de indefinidos. Magia.  

Se dice a la vez que se trata de una medida que tendrá muy poco impacto porque afectará a muy pocos empleados pero, también por algún tipo de sortilegio, va a resultar en un caos general para el conjunto de las empresas. Todo a la par que de defienden alternativas como el complemento salarial pagado con impuestos que no es otra cosa que subvencionar con los tributos a las rentas del trabajo los salarios miserables de una patronal que no destaca por su rigor fiscal precisamente.

Al comienzo de la crisis se exigieron enormes sacrificios a los curritos, que asumieron apretando los dientes y aceptando rebajas de salarios y bizarras renuncias a derechos laborales. Todo para aumentar la productividad a costa de estos esfuerzos porque, por lo visto, el camino de buscarla mediante la innovación es algo ajeno a las costumbres de la patria. El mínimo esfuerzo de pagar 900 euros (que no lo harán porque hay impunidad plena para saltarse las leyes laborales) le parece a esta gente una penitencia inasumible.

¿Por qué no hay entre los empresarios una demanda de que haya inspecciones de trabajo y fiscales más rigurosas para aquellos que no cumplen con las leyes? ¿No están practicando estos desalmados una competencia desleal para con los que sí cumplen como es debido, no tienen una ventaja intolerable de la que deberían ser los primeros en sentirse alarmados? Quizá la respuesta fuera escrita por un anónimo 500 años atrás, en «El lazarillo de Tormes», con el episodio en el que el protagonista comparte uvas con su primer amo ciego y pese a la advertencia de no tragarlas de dos en dos y guardar respeto al turno de una en una, ambos acaban con el racimo a puñados. «¿Sabes en qué veo que las comiste de tres a tres? En que comía yo dos a dos y callabas», dijo el ciego. Y para hoy sirve.

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