Réquiem por el espíritu del 78


En 1978 no había móviles, para llamar a un número había que meter el dedo en la rueda de marcación del teléfono (el mítico modelo Heraldo) y girarla seis o más veces. Tampoco existían las tabletas, ni los portátiles, y el primer ordenador personal (el Apple I, lanzado dos años antes) tenía la carcasa de madera. Por supuesto, Internet no estaba a disposición del público; aunque la primera conexión entre computadoras, conocida como ARPANET, data de 1969, no fue hasta los años 90 cuando los protocolos de la World Wide Web permitieron el acceso masivo a la Red.

Tampoco teníamos MP3, ni reproductor de cedés, que lo desarrollarían Philips y Sony al año siguiente. Los televisores de la mayoría de los hogares eran en blanco y negro y la pantalla era de tubo de rayos catódicos (CRT), con una resolución máxima de 625 líneas (sistema PAL). En ella veíamos programas como Aplauso, Cantares, Fantástico o Vivir cada día, que se estrenaron ese año, aunque los que éramos niños siempre recordaremos Mazinger Z, sustituida a traición un sábado al mediodía por Orzowei.

Todo era más sencillo entonces, solo había dos cadenas de televisión y de noche reinaba la carta de ajuste. Los patios de los colegios (no cerraban después de clase como ahora) y las plazas estaban llenas de chavales. La banda sonora de aquella incipiente Transición la ponía Jarcha y el storyboard el dibujante José Ramón Sánchez. Todo era más simple y, a la vez, endiabladamente complejo: cómo dar carpetazo a cuarenta años de guerra civil y dictadura respetando todas las opciones y sensibilidades. Cuarenta años después tenemos de todo, desde altavoces que hablan a pantallas en ultra alta definición, pero escasea lo más importante: el trabajo y la libertad. Las redes sociales se han convertido en un Gran Hermano para difamar y acosar, y la aparición de nuevas fuerzas políticas es recibida con tambores de guerra aunque sean votadas por miles de personas. Carrillo no podría hoy volver a España, con o sin peluca. Las nuevas tecnologías son sospechosas habituales y nos encanta prohibir. Por no poder, ya ni podemos andar en patinete.

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