El pianista de Pink Floyd


Anda el país debatiendo si lo de Vox es fascismo, extrema derecha o derecha populista. No es que tenga mucha importancia, pero viendo que según su mentor, José María Aznar, Vox es un partido de centro derecha y Manuela Carmena una peligrosa comunista, casi resulta obligado referirse a ellos como fascistas. A fin de cuentas, la esencia del fascismo es procedimental: violencia y mentiras mezcladas con exaltación de lo propio y desprecio por lo extraño. Un compuesto inestable que al mínimo movimiento salta por los aires convirtiendo la violencia verbal en física y el desprecio en odio institucionalizado.

Pese a que llevaban ahí un buen rato, su irrupción nos ha pillado por sorpresa. Hay desconcierto porque en España la extrema derecha siempre llega al poder por las armas, nunca por las urnas, y solo hemos conocido un fascismo a punta de pistola y palillo sujeto entre dientes con rastros de casquería. Con esa tradición enlaza esta versión que hoy se presenta a las elecciones. Por mucho que intenten vender el bulo de su victoria en el barrio marginal de Las Tres Mil Viviendas -ganó el PSOE seguido de Adelante Andalucía- su puntal sevillano fue Los Remedios, el barrio más rico y envejecido de Sevilla. Con ayuda de los medios, acabarán llegando al extrarradio, pero por ahora Vox sigue siendo un partido de señoritos a caballo, reales o aspiracionales, que no saben quién es Steve Bannon.

Mientras en Francia la izquierda votó a Macron a regañadientes para evitar la llegada de la extrema derecha, en Andalucía Rivera y Casado van a gobernar con la extrema derecha para evitar que continúe haciéndolo la socialdemocracia. Cuestión de afinidades. La derecha española tolera el fascismo porque siempre han compartido colegio, catequista y alergia a pagar impuestos. Para el español de orden el fascismo es un vicio de juventud que de mayor se oculta, como la querida, o se abandona, como la farlopa, pero que jamás deja de respetarse.

Enric Juliana desenmascara a esta nueva derecha tricéfala señalando que Aznar es como el pianista de Pink Floyd, porque ahora tiene tres teclados a su disposición. La metáfora es acertada -que nos perdone a todos el gran Richard Wright- si obviamos que Pink Floyd nunca tuvo en su repertorio el Ya hemos pasao de Celia Gámez que aporrea con entusiasmo el renacido gurú de la derecha tras años de contención y retiro. Siempre le agradecimos a Rajoy que mantuviese recluido al perro negro de Aznar en las portadas de los suplementos dominicales. Pero con Mariano y Soraya fuera del PP y Rufián azuzando con el asta de una estelada, el perro rompió la cadena, se hizo el dueño de la avenida y va repartiendo dentelladas a todo el que se cruza y se niega a besar su collar rojigualdo.

Reconozco que Aznar me da miedo. No solo por su habilidad para hablar sin mover los labios, por la mirada postmortem o porque se ríe como la mayoría expresaríamos solo los más terribles sufrimientos. Lo que más miedo provoca es su arrogante desprecio por la realidad. Un desdén por la verdad frente a la conveniencia que le enfurece cuando le recuerdan que el 11M no fue obra de ETA o que Sadam no tenía armas químicas. No se enfada por tener que enfrentarse a sus mentiras, algo que siempre ha solventado con un cinismo admirable. Lo que le irrita es nuestra incapacidad para aceptar que la verdad es un aspecto irrelevante de la vida.

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