Drama bolivariano


Usted ha oído hablar muy poco de Guyana, reconózcalo. Este pequeño país, excolonia flamenca y excolonia inglesa, cuyo idioma oficial es el inglés pese a ser sudamericano, es un vecino pobre y acogotado por la febril Venezuela, que reclama la mayor parte de su territorio. Así que se trata, por tanto, de uno de los posibles destinos terrestres de la mayoría de los venezolanos dolientes, digamos, no adscritos al petróleo bolivariano. De los que no pueden comprar pisoplones en la calle Velázquez de Madrid. Muy lejos del barrio de Salamanca, las alternativas guatepeores del éxodo venezolano en busca de comida y seguridad pasan por cruzar a Guyana, emigrar al ‘narcoestado’ colombiano, según dice Maduro, o bajar a Brasil y encontrarse de morros con Bolsonaro y sus escuadras pardas, mireusté. Ni siquiera los podemistas más acérrimos tienen la vergüenza de negar la miseria de un país en el que, en caso de encontrar alimento, las cosas cuestan cada día un 3% más que el anterior: la inflación anual se cuenta en dígitos con seis ceros detrás. No da tiempo ni que a que se caduquen los yogures para que dupliquen su precio.

Cómo desemboca un país rico en recursos en una situación tan desesperada y por momentos surrealista es, obviamente, consecuencia de una suma de desdichas. A saber, por orden de importancia decreciente, una desdichada clase política, unos desdichados vecinos del norte y un desdichado precio bajo del petróleo. Aunque a la mayoría de los analistas les gusta echar la culpar de todo a los americanos, la conspiranoia no es capaz de justificar por sí sola el desastre, que no se explica sin la participación entusiasta de una serie de generaciones de dirigentes expoliadores, ignorantes, o una mezcla explosiva de ambas cosas. Esto no es nada nuevo en Latinoamérica, pero el factor latrocracia añadido a la existencia del petróleo y del abuso y expolio extranjero da como resultado un estado fallido. Lo demás, es decir, el hambre, la pobreza, la violencia y el resto del pack viene dado por lo anterior.

Las payasadas bolivarianas de Maduro no encubren una situación que ha culminado por la caída del precio del oro negro. Hace seis o siete años cotizaba a 125 dólares el barril y hoy cuesta en torno a 50 dólares. Venezuela no supo aprovechar la abundancia para ahorrar y crear una economía potente, diversificada y previsora. En lugar de eso, el chavismo se sostuvo a sí mismo con subvenciones sin retorno y evasión de capitales de los dirigentes, también sin retorno. Hoy no puede pagar las facturas del bienestar ni quitarse de encima a sus garrapatas políticas. El pronóstico es, como diría mi tío argentino, más peor. 

Valora este artículo

2 votos
Comentarios

Drama bolivariano