Ciudadanos acaba de cometer un error garrafal: ocurra lo que ocurra en las elecciones del 28 de abril, «no va a pactar con el PSOE y con Pedro Sánchez». Tampoco con Podemos y con Iglesias. Ni, por supuesto, con nacionalistas e independentistas. Solo lo hará, por exclusión, con el PP y con Vox. Con su anuncio, efectuado a dos meses de las elecciones, Rivera se autolesiona gravemente antes de comenzar la partida. Como apuntan en los aledaños del Gobierno, se ha pegado sendos tiros en ambos pies: en el derecho y en el izquierdo. Ya lo decía nuestra Concepción Arenal: «El error es un arma que acaba siempre por dispararse contra el que la emplea». En Génova y Ferraz brindarán con champán. Así se las ponían a Fernando VII, deben pensar en ambas sedes, al observar cómo los lacayos del monarca han dispuesto las bolas en la mesa de billar.

 Hubo un tiempo, después de las elecciones catalanas y antes de la moción de censura, en que las encuestas situaban a Ciudadanos como primera fuerza política. Rivera presumía del «sello naranja», el único partido capaz de entenderse con la derecha y con la izquierda, y proclamaba que «en el centro está la virtud». Ciudadanos faenaba en los caladeros del PP y del PSOE y engordaba a su costa. Maniobraba a derecha e izquierda, rechazaba ora a Rajoy, ora a Sánchez, y acababa pactando con ambos, confiado en que los golpes de timón se compensaban y que los votantes, aunque mareados en cubierta por el errático rumbo, seguirían considerándolo un partido con vocación de centro. Un partido que giraba a babor o a estribor según las circunstancias.

El cirio montado por el independentismo le proporcionó días de gloria: Ciudadanos se convirtió en el catalizador de la ira nacional y paladín de la unidad de España, frente a la tibieza constitucionalista de Rajoy o de Sánchez. Pero la estrella de Rivera comenzó a eclipsarse tras la moción de censura. Y no precisamente por culpa de Sánchez, sino todo lo contrario: en teoría, muchos votantes y alfonsosguerra del PSOE, descontentos con el acercamiento al independentismo, deberían seguir fluyendo hacia los postulados de un partido centrista. El problema le vino por su costado derecho: la irrupción de Vox y la radicalización del PP de Casado, dos intrusos que amenazan el monopolio de los balcones y la cruzada antisecesionista que detentaba Ciudadanos.

Y ahí nace el colosal error estratégico de Rivera. En vez de afianzarse en el centro del tablero, en el espacio liberado por la derechización del PP, se cierra todas las puertas a su izquierda, se abraza a Casado y Abascal sin complejos, y amplifica la foto de la derecha tricéfala que constituye el estandarte de la campaña del PSOE. Ya no hay duda: Albert Rivera acaba de presentar dos renuncias. Ya no aspira a presidir el Gobierno ni a convertirse en jefe de la oposición. O será el segundo apéndice necesario del PP o no será nada. Casado y Sánchez tienen motivos para estar exultantes: tal vez la nueva política acabe por insuflar vida a los viejos partidos que dábamos por agonizantes.

Para saber más

Comentarios

Rivera se dispara en ambos pies