Iglesias no quiere ser segundo plato


Pedro Sánchez no quería un debate, y menos sin Abascal, porque sabía que era el que más tenía que perder. Y así ha sido. De los cuatro candidatos fue el más gris. No supo defender ni la gestión de estos diez meses de Gobierno ni mucho menos la continuidad de su proyecto. En un partido a doble vuelta, del presidente se podía esperar que jugara a la defensiva, intentando dejar la portería a cero. Pero no lo consiguió. En primer lugar, porque hay una evidencia irrefutable: en la historia de la democracia española al PSOE siempre le han tocado los ciclos económicos recesivos y el PP siempre ha llegado cuando el viento cambiaba de rumbo. Y, por tanto, las gráficas de Casado, en las que se comparaban cifras como la creación de empleo o el crecimiento del déficit público en los Gobiernos populares y los socialistas, se le hicieron muy cuesta arriba al presidente en el tramo inicial del debate.

En cambio, Sánchez tenía la oportunidad de defender con mucha más vehemencia sus viernes sociales, su Gobierno feminista, su capacidad para volver a unir el voto de la izquierda en torno al PSOE, incluso para reivindicarse como el último mohicano de la socialdemocracia europea. Pero no lo hizo.

Y peor aún, no dejó claro que no tiene un pacto secreto con los independentistas catalanes, pese a que tuvo ocasión para hacerlo media docena de veces.

Tal parece que su plan inicial era agitar el fantasma de la extrema derecha y poner en el centro del debate a Abascal y la foto de Colón. Pero fracasó las dos o tres veces que lo intentó, hasta darse por vencido, porque ni siquiera su escudero Iglesias le echó una mano en ese tema.

Al contrario, Iglesias fue el único que claramente se presentó en el debate con una estrategia clara y definida para rascar votos. Y para ello hurgó con insistencia en una herida que aún no se ha abierto: ¿qué harán Rivera y Sánchez si les da la suma y pueden evitar, con el aplauso del Ibex, un Gobierno de las derechas o una reedición de Frankenstein? El papelón de Rivera sería memorable, pero no sería menos el de Sánchez. Sobre todo porque tendría que arriesgarse a tirarle los tejos al líder de Ciudadanos y si este viaje no llegara a buen puerto, habría que ver si Iglesias querría ir de segundo plato.

Por si acaso, el líder de Podemos dejó claro que es su principal preocupación y le afeó a Sánchez que no le contestara: «La gente sabrá tomar nota de sus silencios».

En la acera de enfrente, Rivera estuvo mucho más agresivo que Casado. El líder de Ciudadanos compraba pescado en esta lonja. En cambio, el popular no enseñó el colmillo como ha ocurrido en la campaña porque su presa estaba fuera del plató, quejumbroso y a la vez contento de evitar el debate, llenando el Palexco de A Coruña y dejando fuera a más gente de la que cabía en el interior.

Sin duda el ganador fue el pontevedrés Xavier Fortes, que demostró más serenidad y más retranca que los cuatro candidatos juntos. Lo cual, dicho sea de paso, tampoco tiene mucho mérito.

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