El tinte de la Pantoja


Es difícil pensar qué tres cosas nos llevaríamos a una isla desierta en caso de que nos pusieran ese reto por delante. Tal vez esa foto íntima de la familia, ese machete puedelotodo, un bloc con miles de hojas para escribir o una caja de Nolotil. No lo sé. Lo que parece desternillante en la tómbola que es Supervivientes es el kit de la Señorita Pepis que se ha pedido Isabel Pantoja. Llevo varias semanas tras la pista de esa manicura, que observo ?lo confieso- con obsesión, y todavía no he visto ni una sola uña cascada, y lo que es mejor, ni una sola uña borrada del esmalte rosado que lleva puesto de modo impecable (ha huido del rojo, mucho más frágil estéticamente). A la Pantoja no le han dado acetona, ni la necesita, porque debe tener un duendecillo que cada noche le retoca esas manos que me tienen loca. Nada que ver con las de Toñi, de Azúcar Moreno, o las de Chelo, que han arañado la arena. Por eso no me ha extrañado que Isabel haya requerido como condición indispensable para ir a la isla un tinte de pelo para cubrir sus canas cada vez que asomen. Porque para sobrevivir al estilo Pantoja, para aquella misma del dientes-dientes, el límite entre el ser o no ser está en esa raíz del pelo. La folclórica puede pelearse como una gata, pero con las uñas pintadas y su tinte azabache, para luego dormirse abrazada al osito de peluche. Qué difícil es sobrevivirse.

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