Rubalcaba y el bajorrelieve melancólico

OPINIÓN

18 may 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

El nutrido desfile ante el féretro de Rubalcaba y la sensación de pérdida colectiva revoloteando en los periódicos dejan una duda inquietante: si eran las grandezas del fallecido lo que se sentía o si la nostalgia era por la degradación de la vida pública que el difunto hacía percibir por contraste. Hablar de Rubalcaba dice mucho de nosotros. Ya había sido en su partido como esas varillas con las que se comprueba el nivel de aceite del coche. Entre las enormes facultades que tenía, no estaban las que se requieren para estar en primera línea de liderazgo. Para empezar, tenía ambición pero no creo que tuviera vanidad suficiente. Y además le faltaba enganche. Los que asesoran a quienes se disputan el mundial de ajedrez son grandes maestros de ajedrez, pero les falta algo para ser ellos los candidatos. Hablaba bien pero era difícil recordar nada que hubiera dicho y en los discursos públicos la gente solo entendió lo que se puede repetir para otro; lo demás no hizo efecto (¿alguien sabe qué pensaba Rubalcaba del rescate bancario de Rajoy?). Es decir, para lo que interesa no hablaba bien. Un anticipo de por dónde vamos: un adoquín como Esperanza Aguirre comunica con más eficacia que un ilustrado educado como Rubalcaba. Este es el nivel del juego. Rubalcaba aconsejaba, hablaba, analizaba, influía, pero no era líder. A medida que el PSOE se fue consumiendo, Rubalcaba emergía como emergen esos pueblos sumergidos cuando la sequía hace bajar el nivel del pantano que los anega. Llegó a ser líder por lo que había bajado el nivel en su partido resecado. Por eso fue con una de esas varillas testigo: su existencia medía cuánto habían bajado las aguas del PSOE allá por 2010.

Rubalcaba era parte del colesterol que sobra en la política española, pero murió siendo mucho de lo que le hace falta a nuestra vida pública. Empecemos por lo segundo. Por supuesto se agradecía el tono educado, paciente y racional de Rubalcaba, en lugar de los aullidos de estos días. Pero no era lo principal. Todos somos parte de algo mayor que nosotros, nuestros momentos son piezas de procesos que van más allá de lo que nos esté ocurriendo, todo lo que vivimos es un aspecto solo parcial de otra cosa mayor. Esto tan sencillo debería ser el resumen mínimo de la biblia de la gestión pública. Rubalcaba siempre gestionaba los asuntos como si cada empeño fuera parte de un propósito superior que apuntaba a más cosas. A esta actitud se le llamó sentido de estado. La expresión es confusa y tiene su lado oscuro, pero de momento nos sirve para entendernos. Hubo momentos en que el sentido de estado era la norma. Puede que los políticos de la transición tuvieran más altura, y no solo los actores principales: un disidente como Xirinacs era más interesante que Rufián, por decir algo. O puede que fuera la angostura de un momento histórico en el que había que remontar la cuesta resbaladiza por la que se salía de la dictadura sin una guerra. Lo cierto es que había sentido de estado y un personaje como Rubalcaba no llamaría tanto la atención. El sentido de estado, la aceptación de que todo momento es parte de una historia más larga, implica un cierto tipo de humildad, la del anonimato que se requiere para procesos extensos en los que nuestro nombre será pequeño. Recuerdo, como simple ejemplo, cuando las consejerías de educación decretaron la generalización de las secciones bilingües. Varias generaciones de profesores monolingües (y competentes, que conste; ni el inglés cualifica al necio ni su ausencia quita mérito al capaz) tenían que hacer bilingües a los estudiantes. Es la típica tarea que requiere acciones piloto y un desarrollo a largo plazo. Pero en un plazo dilatado cada consejero sería apenas una mota de polvo sin nombre, así que decidieron hacer la chapuza instantánea para tener «logros» en cuatro años de gestión. Esta torpeza del corto plazo y ausencia de miras es la que resalta en bajorrelieve el funeral de Rubalcaba, acostumbrado a tratar cada momento con perspectiva y con dirección y sentido. La vida pública se llenó de desenlaces finales, de amenazas a punto de consumarse, de golpes que cambian la historia de repente. Nos dicen que puede sucumbir la familia, la patria y occidente. O se nos dice, aquí en la política llariega, que Asturias se puede convertir en la Alemania norteña o que Gijón será el referente de la innovación tecnológica. Cada momento parece el penúltimo día de la historia y estamos tocando continuamente el cielo y el infierno. Es ya una cuestión cultural. Nos pide la Universidad que pongamos en la guía de cada asignatura una indicación de sus salidas laborales, como si cada esfuerzo debiera justificarse con urgencia y a plazo inmediato. No va con los tiempos entender que la concatenación de esfuerzos sin beneficio inmediato ni objetivo individual es la materia prima de la disciplina y la disciplina la condición para cualquier tarea de alcance. El funeral de Rubalcaba dibuja por contraste este aspecto del momento actual.

Pero el sentido de estado, decíamos, tiene su lado oscuro. El sentido de estado supone que el interés del propio estado requiere actos y decisiones que la gente no aceptaría en caliente y que deben ser realizados sin su aprobación ni conocimiento. Esto incluye el secreto, la mentira y la ilegalidad. Rubalcaba era un servidor del Reino. Y el Reino se compone de personajes y de equilibrios de intereses, con debilidades y miserias, pero que forman un conjunto funcional. Creo que Rubalcaba no era corrupto, pero tenía las tragaderas de pedernal que se requieren en un guardián del Reino. Protegerá los desmanes del Rey, ocultará trapacerías bancarias y tomará un caldito en el Vaticano si hace falta para mantener el equilibrio del Reino. El problema es que en todos los terrenos que se ocultan a la mirada pública solo florece el bandidaje, el clientelismo y el parasitismo. Lo que se mantiene oculto no ampara nunca el bien del estado, sino de la oligarquía. Y España es un Reino lleno de secretos y recovecos por sentido de estado. Ni siquiera ahora podemos saber qué pasó el 23F por si nos liamos. Por eso Rubalcaba es parte de lo que añoramos pero también de lo que nos sobra. La suya es una actitud incompatible con alteraciones sustanciales en un estado con rigideces disfuncionales. Ofende al establishment la expresión «régimen del 78» como si con ella se denigrara la Constitución y la transición. El problema son las inercias que los guardianes del Reino se resisten a abandonar. En la transición tenía sentido que hubiera mecanismos que fortalecieran a los partidos más votados, porque la democracia necesitaba que hubiera partidos que se consolidaran. Pero esos mecanismos sostenidos en el tiempo convirtieron a los partidos en organismos endogámicos y voraces que llenaron de disfunciones al Estado y la práctica política. El sistema autonómico cruje como una casa vieja y llena la vida pública de poltergeists fantasmales y amenazantes. No solo es la tensión independentista. Ignacio Escolar recordaba para los despistados que Madrid es la comunidad más rica de España, la que menos invierte en educación y sanidad por habitante, donde más tiene que gastar la gente en esos dos servicios, la que hace de paraíso fiscal interno y atrae riqueza de las otras comunidades y es además el núcleo de los peores casos de contrabando y corrupción. Madrid, en definitiva, succiona recursos de los servicios públicos de otras comunidades, pero no para sus servicios, sino para enriquecimientos delincuentes. Esto ocurre, por supuesto, porque lleva más de dos décadas en manos de una banda, pero también porque el sistema autonómico tiene grietas escandalosas. La Corona es desde hace ya unos años un problema serio del Reino y no un beneficio. Esto es una evidencia. Partidos políticos, estado autonómico, Jefatura del Estado y podíamos seguir: urgen cambios; y además cambios que tocan privilegios y trastruecan estructuras. Rubalcaba no era el tipo de guardián que removiera las piezas de las que era lubricante.