Un observador juicioso emic (Pike y Bueno) tiene pruebas de la presencia de hienas en la Santa Sede, ya desde el lejano siglo IV. El papa Francisco sobrevive rodeado de ellas, pero el interrogante es si él mismo no es una hiena.
No lo decimos por las declaraciones de su nuncio en España, Renato Fratini, para quien la retirada de lo que resta de Franco en el Valle de los Caídos es una maniobra del Gobierno para «resucitarlo» y «dividir de nuevo a España», reflexiones en absoluta profundas y que están perennemente en boca de los fascistas. (Visítese la zona contraria: el mausoleo madrileño es una blasfemia hereje a la decencia democrática).
Pero al hilo de las palabras de Fratini, dichas cuando deja el cargo, cabe apuntar que Francisco no le ha enmendado, y era obligado hacerlo porque la posición pública del Vaticano en este obsceno asunto es, justamente, no inmiscuirse.
No obstante descartado el Papa como inductor de su embajador, el párrafo anterior desbroza nuestro intento de determinar la especie animal del número uno de la ciudad-estado, y el desbroce se acelera cuando la memoria nos sacude con el recuerdo del nombramiento como obispo, no ha mucho, de un cura catalán con una muy definida ideología nacionalsocialista, hermanada con la nacional-católica hispánica. Es decir, una descendiente de la Hidra de Lerna, pero con solo dos cabezas: una fascista y otra nazi.
Pese a este monstruo bicéfalo, un observador juicioso emic aún no podría validar científicamente la condición de hiena de Francisco. Esta condición sigue estando en otras estancias del Vaticano, que se ha convertido en el medio natural de este híbrido hombre-hiena, que ha invadido otros ecosistemas cruzando primero los Alpes y, después, en una segunda migración, los Pirineos.
Estampado el privativo apostolado del núcleo oligárquico de los obispos españoles, cabría esperar que, por respeto a su dios, se quitasen el solideo y propusiesen a Roma la beatificación de Franco.
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