¡Antoniooo!


Si Pedro Almodóvar se subiese al escenario del Teatro Dolby de Los Ángeles el próximo año, si llegase a volver a recoger la estatuilla dorada, tendría que alzarla y gritar un nombre: «¡Antoniooo!». Y hacerle justicia al papelón que Banderas interpreta en Dolor y Gloria. Está Asier, está Leonardo, está Penélope, pero por encima de todos ellos está él. Un Antonio hecho pedazos y recosido de emoción cuarenta años después de su primera vez con Pedro. La historia de uno es la historia del otro, fundidos en una desnudez que te estruja el corazón en cada escena de la película. Hay pocos actores que te llevan a llorar en el cine, que te revuelven como lo hace Banderas en la piel de Pedro Almodóvar, por mucha ficción que haya por el medio del guion. Antonio se ha tirado al barro buscando la verdad y sale limpio de un reto que cualquier otro embadurnaría de color, de exceso, de imitación y de frivolidad. Nada que ver este Pedro que él encarna, consumido por el paso del tiempo, tan contenido y tan entregado a reencontrarse consigo mismo a través de los demás. Es imposible imaginarse ahora a otro actor convertido de esa manera limpia en Almodóvar; sus gestos, su alma, su dolor y su gloria viven para siempre en Antonio Banderas, que ha confesado que hasta el infarto que sufrió le ayudó a sentir más, a ver más allá en su interior para ser otro Pedro. El mejor. El más íntimo.

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