Espectáculo lamentable


En realidad nunca ha habido una negociación seria. Todo ha sido un espectáculo grotesco. Sánchez quería seguir la vía portuguesa, un Gobierno solitario del PSOE con apoyo externo de la izquierda. Iglesias lo apostaba todo a la coalición. No quería ni oír hablar del programa. Total, ¿qué es un programa? Tan solo una serie de medidas bienintencionadas destinadas a mejorar la vida de la gente. ¿Se acuerdan de «la gente»? Sánchez vetó al líder de Podemos y este respondió en uno de sus golpes de efecto aceptando dar un paso atrás. Parecía que estaba todo hecho cuando los socialistas ofrecieron a UP una vicepresidencia y tres ministerios. Iglesias se sacrificaba pero tenía en su mano la coalición añorada. Pero entonces cometió un error catastrófico y a día de hoy inexplicable, solo atribuible a un pésimo cálculo político. Dijo no. A partir de ahí las relaciones personales entre ambos se hicieron gélidas. El presidente en funciones dio por caducada la oferta de julio, como si fuera un yogur. Y llegamos a la última apuesta de Iglesias: pactar un Gobierno de coalición temporal hasta la aprobación de los Presupuestos. Vamos, que los ministros de UP serían una suerte de becarios a prueba. ¡Y hablaba de humillación! En todo caso, la fórmula lógica sería justamente la contraria, primero firmar un acuerdo programático y luego, si se estableciera la confianza imprescindible que ahora falta, la posibilidad de que hubiera ministros de UP. Para más inri, pidió el arbitraje de Felipe VI para que mediara en la formación de un Gobierno de coalición. ¡El Rey salvándole los muebles! De locos. La sensación de despropósito que ha quedado de este simulacro de negociación es deprimente para los votantes de izquierda.

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