El retrato de Dorian Errejón


La Voz

He aquí, ayer en la Asamblea de Madrid, a Íñigo Errejón, Dorian Gray de esta escopeta nacional presuntamente inmunizado al paso del tiempo. Sí, no hay político que no venda su alma al diablo. Se diría que aquí está desenroscando una botella de agua, y ya. Pero la escena parece llegada del 10N, adelantada en rigurosa primicia. Si así fuera, en el envase ya no habría agua, tal vez cerveza, tal vez cava. Caballo de Troya Errejón estaría celebrando el golpe al núcleo irradiador, con la satisfacción de quien acaba de devorar a Saturno, el devora-hijos. De aquel chalé inexplicable, de aquellas depuraciones, de los recientes espectáculos televisados le van a llegar los votos a Errejón. Si las miradas hablasen, esta diría «no es nada personal, querido Pablo». Como para que al achacoso líder de Podemos no se le multipliquen las arrugas y se le marquen las ojeras. El asalto al cielo, y al CNI, va a tener que esperar.

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