Joker


El poeta inglés Samuel Taylor Coleridge acuñó la expresión «suspensión de la incredulidad» en 1817. Una historia de ficción, fantástica o no, puede tener un interés humano aunque en ella existan cosas que bajo el sentido crítico de cada uno no sean creíbles. Es ahí donde entra la mencionada suspensión de la incredulidad: aceptamos esto para adentrarnos en una historia y poder disfrutar plenamente de ella. Es lo que hacemos cuando leemos una novela, vamos al cine, jugamos a un videojuego o vemos una serie de televisión en casa. Es una suerte de pacto tácito entre el creador y el espectador, y es nuestra voluntad sumergirnos en una obra concreta o dejarla correr.

Lo que demuestra esto es que la mayoría sabemos diferenciar entre realidad y ficción. Con todo, los hay que piensan, o más bien creen, pues pensar es otra cosa, que una película (generalmente estás polémicas se reducen casi exclusivamente a lo audiovisual, aunque existan cosas bastante más «incorrectas» en libros) puede dar alas al crimen y a la violencia. Me repito, lo sé, pero al igual que con la última película de Tarantino, que fue duramente criticada por manadas de justicieros sociales que ni la habían visto, la premiada película Joker, dirigida por Todd Phillips, con Joaquin Phoenix en el papel del villano de DC, es algo así como un panfleto glorificador del tristemente famoso fenómeno incel, esto es, los terroristas pajeros que frecuentan foros de 4chan. Para evitar no sé si una oleada de violencia por parte de estos o un boicot por parte de los quejicas habituales y caprichosos que pretenden que solo exista un tipo de obras de ficción, a ser posible que no muerdan mucho, Warner Bros, la productora de la película, ha tenido que salir a la palestra a decir que los creadores no pretenden promover la violencia ni la proliferación de supervillanos vestidos de payaso. En resumen, que no se pretende glorificar la violencia real, que no es la intención de los creadores del film, y que solo es una obra de ficción.

Tener que aclarar esto dice mucho sobre los que llevan semanas advirtiendo a los incautos de lo perjudicial del filme. A los incel realmente les da igual porque son incapaces de tener sentido crítico o criterio, y serán capaces de encontrar un mensaje políticamente favorable en Bambi o en Operación Triunfo. Lo realmente espeluznante es toda esa legión supuestamente cargada de buenas intenciones que actúan como habitantes del cinturón bíblico de Estados Unidos en 1950, por muy modernos que pretendan ser. Si no creen lo que digo, solo lean las aclaraciones de Warner Bros, que sirven de advertencia tanto a quienes creen que sus ideas son validadas por la película como para quienes critican la película por presuntamente validar esas ideas. El mensaje es perfectamente aplicable a ambos bandos.

Algunas de las películas y libros que más me han marcado me han hecho sentir muy incómodo. ¿No es acaso Taxi Driver la historia de un incel? ¿Qué hace que la película de Scorsese no nos parezca un panfleto en ese sentido y Joker, todavía por estrenar, sí? Mucho me temo que la respuesta está en la generación Netflix: una generación acostumbrada a que le digan lo que quiere escuchar y en la que una misma advertencia sirve igual al comedor de flores y al psicópata.

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