A medida que se van conociendo los detalles del nuevo escándalo que amenaza la presidencia de Donald Trump, se hace evidente que estamos en terreno familiar. Una vez más, el presidente norteamericano ha hecho algo que no tendría por qué ser delito pero que él, con su torpeza y su incapacidad para distinguir sus asuntos personales de las obligaciones del cargo, lo ha convertido en tal. No habría nada de malo, en principio, en que Trump pida al presidente de Ucrania que investigue a Joe Biden y los negocios de su hijo Hunter en Ucrania.

En la época en que Biden era vicepresidente de Barack Obama y llevaba directamente el dosier ucraniano, su hijo Hunter trabajaba para un oligarca ucraniano con un sueldo astronómico. Y lo cierto es que, en un momento determinado, Biden exigió y logró que se cesase fulminantemente a un fiscal general ucraniano que investigaba casos de corrupción. Esto podía tener que ver, o no, con que aquel fiscal pudiese estar investigando al hijo de Biden, y Trump podía haberlo denunciado para que el FBI o un juez iniciasen una investigación.

Pero, en vez de hacer esto a través de un canal reglamentario, Trump, que es incapaz de abandonar su absurda pose de jugador de póker, se lo pidió al presidente ucraniano como «un pequeño favor» en una conversación que sabía que estaba siendo escuchada, y utilizó como intermediario en el asunto a su abogado personal. La torpeza no es delito, a menos que se cometa un delito por torpeza, como en este caso.

Entonces, ¿Trump está perdido? No. Tres años de incesantes y estériles investigaciones sobre el presidente nos han enseñado que el mismo garantismo judicial que ha impedido a Trump llevar a cabo sus planes más descabellados, impide que se le condene cuando, por mucho que las sospechas sean fundadas, las pruebas no son concluyentes, como no lo han sido hasta ahora. ¿Será distinto esta vez? Digamos que este escándalo es diferente porque es simple. No requiere de largas investigaciones como el farragoso -y endeble- Rusiagate.

Para Trump es un problema el que este asunto de Ucrania, una maniobra para librarse de un rival electoral, guarde cierto parecido con el mitificado Watergate. Pero la simplicidad del caso le favorece en último extremo, porque su propia estupidez es tan diáfana que sus seguidores no se lo van a tomar en cuenta, sobre todo porque está ahí Biden, que resulta que hizo lo mismo de lo que se acusa a Trump: amenazar al presidente de Ucrania con retener la ayuda militar al país si no se doblegaba. En política, no hay nada más absolutorio que un paralelismo, aunque sea un falso paralelismo.

Esto daría igual si Trump terminase siendo condenado. Pero Trump no va a ser condenado en un Senado en el que tiene mayoría su partido, y en cambio su absolución puede ayudarle mucho en las urnas el año que viene. Al final, el odio visceral que despierta Donald Trump en los demócratas se ha convertido en su peor enemigo, porque les hace olvidar lo fundamental: que el año que viene hay elecciones y tendrían que centrarse en ellas.

La torpeza y la culpabilidad

El presidente de la Cámara de los Comunes, John Bercow, explica a la prensa los pasos a dar tras el  fallo del Supremo
El presidente de la Cámara de los Comunes, John Bercow, explica a la prensa los pasos a dar tras el fallo del Supremo

 

A medida que se van conociendo los detalles del nuevo escándalo que amenaza la presidencia de Donald Trump, se hace evidente que estamos en terreno familiar. Una vez más, el presidente norteamericano ha hecho algo que no tendría por qué ser delito pero que él, con su torpeza y su incapacidad para distinguir sus asuntos personales de las obligaciones del cargo, lo ha convertido en tal. No habría nada de malo, en principio, en que Trump pida al presidente de Ucrania que investigue a Joe Biden y los negocios de su hijo Hunter en Ucrania.

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