Los chicos de la revuelta


Hace bastantes años le escuché a Alicia Sánchez Camacho (Partido Popular de Cataluña) que la mayoría de los jóvenes catalanes eran independentistas. Y al que no lo era, lo marginaban. Hace poco he leído que casi todos eran independentistas. Y en las manifestaciones de estos días he comprobado, en lo que nos deja ver la televisión, que gran parte de los participantes eran jóvenes; incluso muy jóvenes, muchachos y muchachas que, como mucho, están en los primeros cursos de carrera o en el bachillerato, si es que estudian. A esta revuelta de octubre creo que habría que empezar a llamarle la revuelta de los estudiantes.

La percepción del fenómeno me parece lo más trascendente de las protestas; casi tan trascendente como el número de personas que ayer se concentraron en Barcelona, que ha sido la culminación de una de las más importantes movilizaciones que hemos visto. Y me parece trascendente por una razón: esos jóvenes empezarán a votar dentro de nada, quizá dentro de dos o tres años. Y votarán lo que parecen indicar. Actualmente, el número de catalanes que declaran que desean una Cataluña fuera de España se sitúa en el 47-48 %. Están, por tanto, a dos-tres puntos de ser la mayoría. Si a los jóvenes que se disponen a votar se les añade la cantidad de mayores que se marchan de Cataluña porque no aguantan más, la mayoría social del independentismo está a punto de conseguirse. Y esa es la clave: con una mayoría independentista, se caerá el gran argumento del Estado español ante Europa. El propio Pedro Sánchez lo utilizó ayer mismo desde Bruselas: «Podrán tener la mayoría parlamentaria, pero no tienen la mayoría social».

Ese es, a mi juicio, el problema de Cataluña. Los incidentes de estos días pasarán. Tarden más o tarden menos, pasarán. El Estado, además, tiene suficiente fortaleza e instrumentos para que los revoltosos y las algaradas no triunfen. Si entramos en una etapa de competir por demostrar si resisten más los CDR o las policías, parece claro que el Estado tiene más capacidad de resistencia y más instrumentos legales para restablecer el orden, por impopular que sea.

Los factores biológicos, en cambio, no se pueden detener. Los chiquillos de hoy serán mayores mañana sin discusión y, a poco que asuman la ideología que les han incrustado, habrán igualado, por lo menos, el porcentaje de unionistas y separatistas. En ese momento, la España unitaria se habrá quedado sin defensa ante la Unión Europea. Se podrá discutir si es consecuencia de haber transferido la educación y no haber dado la importancia debida a los libros de texto. Pero no se podrá discutir que esa chavalada se hará mayor con derecho a voto. Y esto es lo que da miedo del futuro catalán.

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