¿Qué pasa en Barcelona? ¿Cómo explicar el vandalismo nihilista que estos días arde en algunas calles de Barcelona y su violento enfrentamiento con las fuerzas de orden público?
Antes de responder a esta pregunta, permítanme una valoración personal del momento político catalán. A pesar de los sucesos vandálicos que estamos viendo estos días, desde el punto político la situación en este octubre de 2019 es menos grave que la de octubre de hace dos años. En aquella ocasión, había miedo a que se produjese una mutación violenta de la unidad de España y el desgarramiento interno de la sociedad catalana. Hoy no existe ese miedo. El Estado ha demostrado que tiene capacidad para restablecer el orden constitucional. Otra cosa es restablecer la convivencia.
Vamos ahora a los sucesos de estos días. En el mundo independentista catalán se vive el luto por la sentencia de los dirigentes políticos encarcelados. Se esperaba que ese luto viniese acompañado de manifestaciones, marchas y ocupaciones de lugares públicos. Las organizaciones que impulsan el procés de independencia unilateral, la Asamblea Nacional Catalana (ANC) y Omnium Cultural, se habían organizado para llevar a cabo esas acciones de forma pacífica. Pero otras organizaciones del mismo movimiento, como los Comités para la Defensa de la República (CDR), estaban preparando acciones no tan pacíficas. Los primeros creían que la manifestación pacífica se impondría a la violenta. Pero era un pensamiento ingenuo. Son un binomio inseparable.
¿Por qué se les fue de las manos? Por dos razones. En primer lugar, en los últimos años, desde algunos ámbitos del movimiento independentista, del mundo intelectual y hasta desde el propio Govern, se ha legitimado el uso de nuevas formas de violencia como instrumento para el cambio político revolucionario. El propio Quim Torra lo ha alentado y legitimado llamando a la desobediencia civil e institucional. En segundo lugar, también se ha venido deslegitimando a las fuerzas catalanas de orden público, los Mozos, y cuestionado algunas de sus actuaciones y su lealtad al orden constitucional.
Cuando coincide en el tiempo ese doble proceso de legitimación de la violencia y de deslegitimación de las fuerzas de orden público, el resultado es el que estamos viendo.
¿Por qué el Gobierno catalán y el resto de fuerzas políticas no logran frenar esta violencia y el consiguiente deterioro de la vida colectiva? Hoy por hoy, en el Gobierno hay activistas políticos, pero no líderes con autoridad política y moral con capacidad para reconducir el independentismo hacia posiciones democráticas. Ni menos aún para lograr el consentimiento para gobernar de aquellos ciudadanos que no le han votado. Por otro lado, la oposición no independentista, aunque tiene mayoría social de votos, no tiene mayoría parlamentaria alternativa. Pero, mientras no exista un gobierno que pueda hablar, negociar y pactar en nombre de todos los catalanes, no habrá salida a la situación.
Así las cosas, mucho me temo que tenemos conflicto catalán para largo. Aunque esto no debe llevar al desánimo entre las personas que quieren trabajar para retornar la convivencia pacífica en Cataluña.
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