Felipe y Mariano son Churchill


Lo dijo Felipe González hace menos de un mes en A Toxa: «Comparados con algunos, Rajoy y yo somos Churchill». Ayer pudimos escuchar a esos algunos, y efectivamente, el nivel de la política española es bajísimo. Nunca tantos contendientes en un debate sumaron tan poco.

Pedro Sánchez llegó con un ramillete de propuestas que parecían improvisadas en el trayecto en coche desde la Moncloa, como los malos estudiantes camino del examen. Las fue dosificando a lo largo de los diferentes bloques (Nadia Calviño, vicepresidenta económica; un ministerio para la despoblación...). Y no pudo dar mayor sensación de ligereza.

Casado pierde toda la credibilidad cuando intenta ejercer de recién llegado, como si fuera Macron asaltando el Elíseo en Francia, y como si el PP no existiera antes que él. Aunque, en realidad, para él solo existe un pasado de virtudes, sobre todo económicas. Descarriló ya en el primer bloque, cuando intentó descargar toda la culpa de lo ocurrido en Cataluña sobre los hombros de Pedro Sánchez, obviando la herencia envenenada del tándem Rajoy-Soraya.

Los dos apóstoles de la nueva política llegaban al debate con el sambenito de ser los candidatos al gran tortazo el domingo. Y sin embargo siempre han sido los que mejor se han defendido en el formato televisivo.

Pablo Iglesias fue de outsider e intentó cambiar el rumbo de cada bloque a conveniencia. Especialmente significativo fue que mientras todos hablaban de Cataluña, él, que lleva en el zapato la chinita de Ada Colau y sus confluencias, se acordara de la España vaciada y rural. Su truco en este tramo final de campaña es agitar el fantasma de la crisis, el recuerdo del 2008, los vencedores y los vencidos. Pero sus propuestas económicas siguen siendo de primero de parvulitos.

Rivera constató una vez más que su fórmula está agotada. Lo que hace solo dos años sonaba a propuesta regeneradora hoy se ha quedado en lo que pudo haber sido y no fue. Su tren ha pasado. Y sus recursos supuestamente efectistas de sacarse conejos de la chistera ya rozan el ridículo.

La última incorporación a la orquesta era Abascal. Había mucha expectación por saber en qué medida se iba a atrever a proclamar en prime time y para todos los públicos lo que otros dicen a media voz. Es cierto que quizás fue quien mejor coló su mensaje (demolición de las autonomías, los españoles primero...), pero prefirió abrigarse con la piel de cordero. Es más sencillo rodearse de fieles en una plaza de toros que decir según qué barbaridades delante de todo el mundo.

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