Se empieza por llamar a Pedro Sánchez traidor, felón, golpista, y acusarlo de vender España a sus enemigos, como hizo Pablo Casado antes de convertirse en moderado, y okupa, como en su día Rivera y Arrimadas. Y se acaba deslegitimando el sistema democrático. El líder socialista había llegado al poder fruto de una figura impecablemente constitucional como es la moción de censura. Ahora, asistimos a otra peligrosa escalada verbal. La legítima crítica política se está sustituyendo por el exabrupto, la exageración ad infinitum y la irracionalidad. Para descalificar a Sánchez por negociar la abstención de ERC se están traspasando todas las líneas rojas, instalando una crispación en la sociedad que va mucho más allá de la preocupación que amplios sectores de la sociedad tienen ante la posibilidad de que se forme un Gobierno de izquierdas que dependa de los independentistas, una salida al bloqueo político dentro de las reglas democráticas. Líderes del PP están incendiando el escenario político con declaraciones irresponsables. Cayetana Álvarez de Toledo sostiene, contra toda lógica, que la situación política actual es peor que cuando ETA asesinaba; Isabel Díaz Ayuso, que el próximo ministro de Hacienda podría ser un etarra.

El problema es que Vox siempre superará al PP en radicalidad. Así lo ha hecho el exjefe del Ejército y actual dirigente ultraderechista Fulgencio Coll, al asegurar que Sánchez es un peligro para la seguridad nacional, que «los poderes del Estado» (¿cuáles?) no deben permitir su investidura y que tiene que ser juzgado por traición. Abascal ha defendido a Coll en un tuit en el que califica a Sánchez de traidor y asegura que «España se va a defender» de la «dictadura progre». ¿Cómo?

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