A Casado se le pone cara de Rivera


Pablo Casado se está yendo de rositas pero es uno de los principales culpables de lo que está ocurriendo en la política española. ERC, Bildu, canarios, turolenses y todos los que están haciendo cola en la puerta de la Moncloa no pintarían nada si al día siguiente de las elecciones Casado se hubiera encadenado a la mesa del despacho de Sánchez y no se hubiera ido hasta conseguir una gran coalición a la alemana.

De la misma manera que Pedro Sánchez debería de haber salido al ruedo para decir «yo con estos no gobierno», de Casado habría cabido esperar una solución como aquella con la que Valls cosechó tantos aplausos en el Ayuntamiento de Barcelona, aislando a los indepes de la gobernabilidad. Tan poco sentido de Estado ha demostrado uno como el otro.

¿A qué ha esperado Casado? Está claro que a un batacazo de Sánchez que le obligara a convocar unas nuevas elecciones en las que la victoria de las tres derechas estaría al alcance. Pero esa espera ha sido infructuosa y el batacazo no se ha producido, salvo que a ERC le tiemblen mañana las piernas.

Pedro Sánchez habría tenido imposible negociar una investidura con enemigos declarados de la Constitución si el líder del PP le hubiera ofrecido sus votos el mismo lunes por la mañana. La presión, empezando por otros grandes cofrades de la procesión del silencio como son los barones socialistas, habría sido en ese caso insoportable.

Pero Casado, como buen aznarista, está más cómodo en el cliché del español cabreado. El Gobierno de comunistas independentistas y oportunistas que tanto le preocupa solo es posible por su decisión de situar al PP en un lugar en el que siempre ha estado cómodo, el del bloqueo institucional y la dialéctica de la confrontación. Y sobre todo, porque tiene al PSOE en el lugar en el que más le gusta, el de partido veleta, cómplice de terroristas y separatistas y demás letanías habituales de la derecha. La pregunta es, ¿tiene Casado al PP donde quiere su electorado?

Si algo hemos aprendido de estos años de ruido y populismo es que a los electores no les gusta tirar el voto a la basura. Ocurrió con muchos votantes de Ciudadanos, que en cuanto vieron que la aspiración de Rivera ya no era centrar el país y ser la llave a la gobernabilidad, sino hacerle el sorpasso al PP, se fueron.

Y ahora es un buen sector del electorado del PP el que se siente huérfano. Muchos votantes conservadores llevan años acostumbrados a la orfandad, pero cada vez que se abren las urnas acuden a votar como el que va a misa, aunque sea por costumbre. Ahora las cosas han cambiado, porque está la alternativa de Vox. La política española se está polarizando tanto que al final mucha gente va a preferir el original a la imitación. No tardaremos en conocer alguna encuesta en la que Abascal supere a Casado, al que cada vez se le está poniendo más cara de Rivera.

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