Lo siento, pero esto aún va a empeorar


No es por ser aguafiestas, pero si todavía hay algún ingenuo que piense que muerto el perro se acabó la rabia, es decir, que deshojada la margarita de la investidura se acabó la crispación, me temo que todo en esta vida es susceptible de empeorar y que, en este caso, esto no ha hecho más que empezar.

Hay dos razones que explican por qué el espectáculo parlamentario que hemos visto en este puente de Reyes solo es el principio. La primera es que, con cierto retraso, ahora nos estamos dando cuenta de que no somos más listos ni más sensatos que los estadounidenses, los ingleses, los franceses, los italianos o los brasileños, por poner solo algunos ejemplos de países en los que el populismo, la división ideológica y la polarización de la sociedad llevan ya algunos años haciendo estragos.

Y en segundo lugar, porque hemos mordido la manzana de Adán y cargaremos para siempre con el pecado original, como ya advirtieron hace casi medio siglo los profesores de Harvard Alvin Rabushka y Kenneth Shepsle. La mayor parte de los vaticinios que se hicieron en los años 70 y 80 sobre el presente actual fallaron. Y en cambio, un libro publicado en 1972 (Políticas en sociedades plurales, una teoría de la inestabilidad democrática) se está revelando como la gran profecía que explica lo que está ocurriendo en el mundo en este cambio de década.

Según Rabushka y Shepsle, cuando en un país entra el virus identitario (ellos o nosotros, los nuestros primero), siempre se produce el mismo efecto: la sociedad, en la que hasta entonces convivían con cierta armonía ideologías tradicionales (derecha e izquierda, conservadores y progresistas) entra en una espiral autodestructiva, se divide en dos bloques irreconciliables, y a partir de ahí cada uno de esos bloques se va polarizando, se radicaliza y con el paso del tiempo se van imponiendo las facciones más duras.

Es lo que ha ocurrido en Cataluña, primero con ERC adelantando a la antigua Convergencia, que a su vez se ha reinventado en una versión aún más radical con Puigdemont al frente. Y es lo que está ocurriendo en los diferentes espectros ideológicos españoles. A la derecha, al PP no le está sirviendo cambiar a Rajoy por un personaje duro como Casado, porque a dureza siempre le van a ganar Abascal y Ortega Smith. Y en la izquierda, con Pedro y Pablo asaltando los cielos, políticos controvertidos como Zapatero o Rubalcaba serían hoy Kennedy y Olof Palme.

Nuestro pecado original ha sido Cataluña. Es facilísimo apelar a los bajos instintos del ser humano, convencer al ciudadano medio bien pensante de que nuestro vecino nos roba o nos quiere atacar. Abierto ese melón, y malditos sean los primeros que lo hicieron, todo lo que viene después es inevitable. España, sus diferentes gobiernos, han hecho muchas cosas mal en el asunto catalán. Pero dejémonos de autoflagelarnos: no hay una manera de afrontar con acierto un desafío así. Y el resultado está a la vista: en las cenas de Navidad apenas se ha hablado de política, para evitar líos. Algo que hace dos años veíamos con preocupación en Cataluña (familias peleadas, grupos de amigos rotos) se empieza a extender como la plaga de la velutina por el resto de España.

¿Tiene esto arreglo? ¿Qué dicen Rabushka y Shepsle? Ningún ejemplo en medio siglo ha desmontado su tesis. Así que solo cabe apelar al Spain is different, esperar que llegue el primer puente o las vacaciones de verano, y olvidarnos un poco de la política, porque hay mal rollo para rato.

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