Una izquierda cobarde


Redacción

En El colgajo, Philippe Lançon, periodista y escritor francés colaborador habitual en Charlie Hebdo y Libération, narra la odisea a la que se vio abocado al perder la parte inferior del rostro en el atentado islamista contra la revista satírica en la que colabora. Son unas páginas llenas de sobrecogedora lucidez en las que desgrana meticulosamente la angustia vital de la situación, las operaciones sufridas para reconstruir el rostro, nada menos que dieciocho, y cómo su amor por la literatura y la música le acompañaron y aliviaron en aquellos meses terribles. Es un libro bellísimo escrito sin resentimiento ni odio, sentimiento que el escritor considera inútil. Una lectura difícil de olvidar.

He recordado partes del libro hoy al enterarme de que una joven francesa de 16 años, Mila, que hasta no hace mucho soñaba con ser artista y publicaba vídeos en Instagram cantando, ha visto cómo una crítica más o menos furibunda contra el Islam después de haber recibido todo tipo de insultos homófobos al rechazar el cortejo en la red social de un señor que no acabó de entender que Mila no se acostaría con él ni aunque fuera heterosexual, ha cambiado su vida para siempre. La joven recibió todo tipo de amenazas de muerte y violación más o menos creíbles y acusaciones de racismo hasta el punto de que las autoridades francesas han tenido que tomar cartas en el asunto, desescolarizar a la chica y emprender una investigación para determinar quiénes tras las amenazas y, sorprendentemente, para ver si Mila cometió algún delito al proferir blasfemias contra el Islam. 

En su libro, Lançon cuenta que Charlie Hebdo estaba en las últimas antes de los atentados y que en aquel entonces nadie era Charlie Hebdo. La revista ya había sufrido ataques por reproducir caricaturas de Mahoma y estaba en el punto de mira de los islamistas. La izquierda les señalaba como si fueran unos reaccionarios. El escritor cuenta que después de los atentados que le costaron medio rostro, quienes menos comprensión y apoyo dieron a la revista satírica y sus víctimas se situaban en la izquierda política, especialmente en la izquierda radical, para la que tiene muy malas palabras. Y quien intentó recoger esta dejadez cobarde y mezquina de la izquierda, fue la ultraderecha de Le Pen, a la que Lançon rechaza. Estos días parece que está ocurriendo exactamente lo mismo en el caso de Mila: la ultraderecha está apoyándola y la izquierda está mirando para otro lado en el mejor de los casos, y en el peor está señalándola como una horrible racista de la mano de los líderes musulmanes franceses en su versión presuntamente democrática. Nada nuevo bajo el sol.

Esto es desoladoramente similar a lo que cuenta mi admirado Salman Rushdie en su libro de memorias Joseph Anton. La izquierda laborista hizo todo lo que pudo para que el escritor angloindio pidiera perdón por su libro Los versos satánicos cuando el fanático líder iraní decretó la fatwa contra él y la cosa  empezó a dar miedo de verdad. Los tabloides se cuestionaban a diario el dinero que el estado gastaba en su protección, y el propio gobierno se limitaba a poner guardaespaldas pero era el propio Rushdie quien debía buscar viviendas donde esconderse, lo que le llevó a pasar varios años viviendo en casas vacías de amigos y conocidos. La izquierda le dejó tirado, no le apoyó. Miró para otro lado en el mejor de los casos, en el peor, le decía que quizá debería pedir perdón, o directamente confraternizaba con Jomeini, todo esto con el cadáver de algún traductor de la obra todavía caliente. 

Así que tenemos a una izquierda cobarde en Francia haciéndole el caldo gordo a Le Pen a costa de las amenazas de muerte a una joven lesbiana. Tuvimos en Reino Unido y en buena parte del planeta una izquierda cobarde ante los asesinatos y atentados contra personas relacionadas de alguna manera con la edición de una novela. Y a una ultraderecha recogiendo el fruto de la cobardía mientras se frota las manos.

Cuando desde las filas de la ultraderecha cristiana se dice a las personas de izquierdas (que no tienen ningún reparo en burlarse del cristianismo) que con el Islam no se es tan valiente, tienen toda la razón. Todavía recuerdo el bochorno que me provocó ver la portada del semanario El Jueves en presunta solidaridad con Charlie Hebdo en la que admitían que tuvieron la idea de poner al profeta Mahoma en la portada pero que al final se habían cagado. Este gesto cobarde es el perfecto retrato de buena parte de la izquierda en cuanto aparece el Islam por algún sitio proponiendo o perpetrando alguna atrocidad. 

Para Mila no ha habido la sororidad feminista que sí suele haber para quienes dicen que se empoderan con el velo islámico o quieren bañarse en burkini. Mila no ha recibido el apoyo que debería recibir ante un ataque homófobo y machista que bien podría acabar con su vida y que definitivamente ha acabado con la posibilidad de que se dedique a lo que le gusta, cantar. 

No tiene ningún sentido golpearse el pecho ante las injusticias a la carta. La barbarie no debe ni puede ser amiga del progreso, y todos debemos rechazarla y luchar contra ella. La izquierda francesa tiene el deber moral de apoyar a Mila y enarbolar la bandera de los valores ilustrados. Cualquier otra cosa es situarse del lado de los asesinos, de quienes acribillaron a balazos a la redacción de Charlie Hebdo, de quienes quemaron ejemplares de la novela de Rushdie y pusieron bombas en su editorial. Es ponerse del lado de quienes pusieron las bombas en los Cercanías de Madrid. Así de simple. Los valores ilustrados no se discuten, se defienden.

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