Señores guardias civiles, aquí pasó lo de siempre

OPINIÓN

pilar canicoba

28 mar 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Decía Ortega y Gasset, citando a Croce, que nos da la lata aquel que nos quita la soledad y no nos da la compañía. Seguramente los contactos que nos estamos procurando estos días, en las redes o en los balcones, sean lo opuesto a dar la lata: nos dan compañía, pero no nos quitan la soledad. Lo opuesto a latoso es agradable o ameno y eso nos dan esos contactos, amenidad. Si el efecto final del aislamiento es la extrañeza e incluso la locura, bienvenidas las amenidades que aplazan el deterioro. Nuestra sensación de tiempo detenido es solo subjetiva. Dentro y fuera de las casas y el país, el mundo sigue. Claro que lo que pasa es lo de siempre, y quizá eso sea una forma de no estar pasando nada, después de todo.

Está pasando lo de siempre en educación no universitaria. El confinamiento acentúa dos males que los poderes públicos van permitiendo o estimulando en la enseñanza. Los consejeros, consejeras, ministros y ministras que estén realmente convencidos de que se puede avanzar en el curso mediante sistemas telemáticos en la misma medida están íntimamente convencidos de que sobran las escuelas y los institutos. Ese es el primer mal. Se acentúa la banalización progresiva de la tarea de los enseñantes y la actividad docente en sí misma, que se está percibiendo cada vez más como un servicio asistencial. En la enseñanza no ocurre nada trascendente ningún día. Lo que va bien en la educación es una acumulación de pequeñas cosas en lapsos largos de tiempo, que sin embargo requieren dedicación y cualificación a diario. Es un servicio diario cuyo beneficio no se percibe a diario. Por eso deben creer que el curso puede seguir con todo el mundo en casa.

El segundo mal es la desigualdad. La educación es el servicio que nivela la desigualdad de las circunstancias personales y sociales de los alumnos. No hay instrumento más eficaz para la igualdad de oportunidades, ni instrumento más dañino para afianzar desigualdades insalvables en la población. Mantener el avance del curso durante el confinamiento es acentuar las desigualdades hasta la ruptura. Este segundo daño afecta a algo profundo. Una crisis de un mes o un trimestre no va a condicionar la vida de los niños ni un trimestre puede desagregar socialmente a un país. Es otra cosa. Cuando mis hijos eran pequeños, yo era muy rígido con lo de cruzar la carretera con el semáforo en verde, aunque no hubiera ningún coche a la vista. Al lado de la escuela tenían un semáforo de esos que tienen un botón para los peatones. Como los niños y niñas eran una turba, nadie pulsaba aquel botón y cruzaban en masa. Me parecía paradójico que fuera la escuela el primer sitio en el que aprendieron a cruzar en rojo. Estos días habrá alumnos con tabletas e internet y padres y madres con conocimientos que seguirán razonablemente bien la marcha del temario. Y habrá alumnos sin internet, tableta ni calefacción, ni padres y madres que entiendan una herramienta telemática y que sencillamente no harán nada de nada. Y habrá centros donde haya esta variedad de alumnos y centros que ya se habrán ocupado, con dinero público, de tener solo alumnos con tableta e internet. Como ocurría con mis hijos, es paradójico que en la escuela sea donde aprendan de manera más vivencial lo de siempre: que unos tienen y otros no tienen, y que hay un mundo distinto para unos y para otros. Tienen que tener tarea y disciplina estos días, desde luego, pero, si hay vida inteligente en el ministerio, deben parar el curso. Ahora el Gobierno tiene toda la autoridad, no hay excusas.