¿Aprenderemos algo de todo esto?


Nos creímos inmortales. No solo pensamos que habíamos alcanzado el nirvana de la dicha infinita, sino que llegaron a hacer fortuna vendedores de crecepelo predicando la buena nueva de que morirse se acabaría convirtiendo en una opción, como quien elige el color de pelo o la carcasa del móvil. Pasamos en apenas una generación de nacer en alpendres a ser capaces de ahuyentar enfermedades antes incluso de ser concebidos. Como dice el doctor Luis Ferrer, recibimos el regalo de tener en la palma de nuestra mano el conocimiento infinito. Pero nos entretuvimos con el ocio y la coña marinera. Y ahora aún tenemos la desfachatez de decir que de esto no nos habían avisado.

¡Claro que nos habían avisado! Quienes llevan toda una vida luchando contra el ébola, el SARS, las gripes aviar, porcina o el MERS, se desgañitaban: «No sabemos cuándo ni dónde, pero es seguro que ocurrirá». Está en Netflix, se llama Pandemic, es una serie de seis capítulos y ahora tenemos tiempo de sobra para verlos.

Pero no les hicimos ni caso. Ningún político gana elecciones prometiendo un plan de lucha contra una pandemia. Ni contra el cambio climático. «No nos habían avisado», diremos cuando el calentamiento global llegue a un punto de no retorno que aniquile nuestro planeta con nosotros dentro.

Esta gran crisis global ha dejado en evidencia que las grandes amenazas que nos acechan no se arreglan con medidas cortoplacistas ni por parroquias.

¿Aprenderemos algo de todo esto? El proverbial optimismo humano nos lleva a pensar que sí. En esta dictadura temporal y casi voluntaria estamos recuperando vocabulario que no cabe en el diccionario de whatsapp, términos como cooperación, auxilio, altruismo, sacrificio. Y sobre todo compasión. En unos lugares más que en otros —en esto en España somos medalla de oro—, miles y miles de profesionales en hospitales y residencias de mayores están haciendo el mayor monumento humano a la palabra compasión.

Después de esto, ¿seguiremos la senda del individualismo? Estamos reivindicando la importancia de bienes valiosísimos que habíamos arrumbado al trastero de las cosas inútiles. La música, el cine, los libros, la tertulia con amigos... Después de esto, ¿seguiremos la senda del individualismo por la que transitábamos despreocupados? ¿O justo ahora, que hemos redescubierto nuestra debilidad como individuos, que hemos recordado que como «yo» no somos nada sin el resto de nosotros, resituaremos en el centro de nuestras vidas valores que habíamos olvidado?

Nos come la angustia, que no es otra cosa que el miedo a no saber. Nos oprime la pesadumbre por quienes se están muriendo, porque se van antes de lo que pronosticaban nuestros cálculos ingenuos. Y esa gran pena, que arrastraremos para siempre, es realmente el único precio irreparable que acabaremos pagando cuando hagamos balance.

El precio de vivir. Esta crisis también nos ha recordado, como dice el doctor Ferrer, que vivir es, de todas, la actividad más peligrosa: hasta la fecha no se conoce a nadie que haya salido de ella con vida.

Comentarios

¿Aprenderemos algo de todo esto?