Adiós a Don Jacinto Leira del Río, que nos enseñó a conjugar los verbos y a amar las palabras

Jacinto Leira, con Tomás García Morán, en el paseo del Muro de Gijón
Jacinto Leira, con Tomás García Morán, en el paseo del Muro de Gijón

Siempre he odiado a los periodistas egocéntricos cuyo tema favorito es hablar de sí mismos. Mis maestros en este oficio (Xesús Vilas, Paco Castiñeiras, Panuchi…) me inocularon el virus del periodismo con la doctrina del gran editor italiano Eugenio Scalfari: los periodistas somos gente que le contamos a la gente lo que le ocurre a la gente. Siempre he odiado, si se admite la expresión en estos días sombríos, a los periodistas pelmazos que aburren a sus lectores con las cosas insustanciales que les ocurren a ellos mismos. Y hace años que tengo el olfato afinado: una simple frase en primera persona del singular, tiempo verbal cada vez más omnipresente en la burbuja instagramera en que vivimos, es motivo suficiente para que pase de página rumbo a la siguiente historia.

Pero ¡qué demonios!, uno siempre acaba siendo víctima de sus propias contradicciones. Y no se me ocurre mejor motivo para incumplir la norma de Scalfari que recordar en dos o tres párrafos al profesor Don Jacinto Leira del Río, que murió ayer en Gijón a los 82 años de edad. 

Don Jacinto Leira del Río. Se me eriza la piel al teclear su nombre, ¿se puede tener una combinación de apellidos más hermosa? Don Jacinto, decía, fue mi profesor de Lengua y Literatura españolas en 6º, 7º y 8º de EGB en el colegio público Ramón de Campoamor, al lado de la antigua cárcel de El Coto. Y esta carta de presentación es tanto como decir que fue una de las personas a las que más he admirado en mi vida, y que más me han marcado tanto en el ámbito personal como en el profesional.

Si he tenido la fortuna de poder ganarme la vida juntando letras ha sido gracias a Don Jacinto. Nadie después que él me enseñó nada nuevo sobre el universo infinito de los sintagmas nominales, los complementos circunstanciales, los verbos transitivos, aquellos que por sí mismos no pueden constituir un predicado completo. Sabré sin titubear hasta el último día de mi vida que todos los verbos que acaban en ger y en gir se escriben con g, salvo tejer y crujir. Que los monosílabos no llevan tilde, salvo si es diacrítica y sirve para diferenciar el te pronombre del té que se toma con unas pastas a la hora de la merienda. Y sólo sé que no sé nada cuando los profetas de la modernez sintáctica, los talibanes del panhispánico, le quitan la tilde a ese sólo adverbio que equivale a solamente, y me dejan con la soledad del adjetivo, al tiempo que imagino a Don Jacinto dándose cabezazos contra las paredes del aula del Campoamor. Más de una vez, en el cierre del periódico, he tenido que invocar las lecciones del profesor para salvar una tilde imprescindible en un cómo o en un cuándo, o para evitar que alguien acentuara el diptongo de un jesuita. 

«¡Tercera persona del plural del pretérito pluscuamperfecto del verbo asir! ¡Uno, dos y tres… Siguiente!». Nadie que no haya vivido un examen oral de tiempos verbales, todos de pie alrededor de las mesas, sabe lo que es el miedo. Y tampoco el orgullo de hacerlo bien. 

Pero no solo nos enseñó a conjugar los verbos y a amar las palabras. Cogidos de la mano de Don Jacinto leímos casi toda la literatura universal en español. La Celestina de Fernando de Rojas. Los archienemigos Quevedo y Góngora. Ande yo caliente, ríase la gente... Gracias a Don Jacinto amamos a Lope, a Valle, a Rosalía,... Nos adentramos en la adolescencia con los versos de Machado. La primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido… Descubrimos la inmensidad de la lengua española con los grandes escritores latinoamericanos. Borges, Neruda, Cortázar, García Márquez, Benedetti... 

No exagero si digo que me he acordado de él todos los días desde que acabé el colegio. Cada vez que, por la circunstancia que fuera, pateé el Barrio de las Letras madrileño. Desde luego, siempre que me he enfrentado a ese páramo yermo que es un folio o una pantalla en blanco. O mucho peor aún, a la siempre espinosa tarea de editar un texto ajeno, alguna pieza memorable de algún colega. Siempre he sido indulgente y los he disculpado: no todo el mundo tuvo la fortuna de disfrutar de un magisterio como el de Don Jacinto. 

Sabía de él con relativa frecuencia gracias a lo que me contaban mis padres, como él maestros jubilados de la pública. Hace un año, tras décadas sin vernos, me lo volví a encontrar paseando por el Muro con su hermana Elisabet, que había venido a visitarlo. Hablamos de sus últimos padeceres, de los años finales de su querida Mari Carmen. Estaba muy orgulloso de la lucha heroica de su hijo Fernando contra la ELA. 

Yo le conté mi vida después de EGB. Intenté transmitirle, no sólo con palabras, la importancia de su figura y el gratísimo recuerdo que guardo de su magisterio. Pero soplaba el nordestazu y nos despedimos antes de lo que nos hubiera gustado, así que prometí enviarle alguno de mis artículos de opinión y alguna de mis crónicas como enviado especial de La Voz. 

Me da bastante vergüenza admitir que no llegué a hacerlo. Podría disculparme. Anoté la dirección con la calle y el número de portal, pero sin el del piso. Pero no lo haré. Y me arrepentiré siempre. 

Imagino que murió por coronavirus, aunque no he perdido ni un segundo en indagarlo, porque es irrelevante.

Me duele en el alma que no haya podido leer esto, para hacerse una idea de cuánto lo admiré y cuánto lo quise. Don Jacinto Leira del Río, en otra vida quiero tener unos apellidos que concuerden así de bien.

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