Un 14 de abril entre la tristeza y la esperanza


A Luis Suárez Saro y a toda la buena gente. 

La radio, la televisión e Internet nos han acostumbrado no solo a estar permanentemente informados, al menos de lo que nos cuentan, sino también a tener la sensación de que vivimos, o al menos vemos, todo lo que sucede. Hace dos siglos, incluso después de que el pronunciamiento de Riego devolviese a España la libertad de prensa, las noticias llegaban con días, semanas e incluso meses de retraso. Las leía una minoría alfabetizada y a la mayoría le seguían llegando pocas, por transmisión oral, limitadas y convenientemente deformadas. Cuando el telégrafo y la enseñanza pública permitieron que los periódicos informasen incluso con pocas horas de retraso, no era infrecuente que saliesen ediciones especiales si era necesario, el lector, como sucede con los libros, seguía necesitando de la imaginación para para recrear los paisajes y las aventuras de los exploradores de África, las batallas de la guerra de los Boers o de la de Cuba, la toma del palacio de invierno, las fiestas de la corte de Viena o las epidemias que periódicamente asolaban partes del mundo. Los buenos grabados y las escasas fotografías, como las ilustraciones de las novelas o los relatos de viajes, eran solo un estímulo que ayudaba a recrear esa realidad imaginada.

Sin embargo, la acumulación de relatos en directo, de imágenes de violencia o de tragedias, ha llegado a crear un nuevo efecto de distanciamiento, probablemente una inevitable forma de autodefensa, que conduce a ver los informativos o los vídeos de Internet como si fusen películas o episodios de una serie de ficción. El escaso impacto que tienen en el comportamiento no solo de los dirigentes, sino de las sociedades más o menos acomodadas las imágenes de los campos de refugiados de las islas griegas o de Turquía, de las matanzas de Siria o Yemen, de los sin techo obligados a confinarse en un párking al aire libre en el país más rico del mundo, parecen indicar que nos hemos vuelto insensibles.

Sucede incluso con la tragedia próxima, con la epidemia que, por una vez y probablemente solo por ahora, padecemos sobre todo los países ricos. Tiene que afectarte la muerte de un ser querido para ver cómo la soledad impuesta aumenta la dureza de la desgracia, que impide incluso despedirlo a los familiares más próximos. Desde el martes me vienen a la cabeza unos versos de Machado que cantaba Serrat, los que se referían a las «buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan, y en un día como tantos, descansan bajo tierra, esas que, al contrario que los pedantones al paño, beben el vino de las tabernas». No podré volver a hacerlo con Luis, verdadera buena gente. Le debía una botella de buen vino del Bierzo, que sí podré tomar con él en mi casa, solo con mirar a la izquierda y encontrar en la pared un pequeño paisaje con un pino, el mar y, al fondo, los montes de Barbanza.

Es mucha la buena gente que nos deja todos los días, que sufre por sus allegados fallecidos o enfermos, que padece el confinamiento con la familia hacinada en pisos pequeños, que teme por su trabajo o lo ha perdido, que lucha por los demás en los hospitales y en las calles. La ocultan las estadísticas, la ofenden el sectarismo insolidario y la ambición de algunos por sacar provecho del dolor ajeno.

La obligación de los repúblicos, hombres (y mujeres, añado) de representación, capacitados para los oficios públicos, los define la RAE, es, como se decía hace doscientos años, cuando comenzaron a construirse los sistemas constitucionales, la búsqueda de la felicidad para el pueblo. Dejémoslo en bienestar, la felicidad es otra cosa todavía más difícil de conseguir, pero esa sigue siendo su obligación. La de todos, con más o menos responsabilidad, porque hasta la oposición gobierna y no solo influyendo en el ejecutivo, sino literalmente en autonomías, provincias y ayuntamientos. Todos formamos parte de la república, al menos en la cuarta y la séptima acepción del diccionario, y todos debemos contribuir a que la normalidad se recupere y lo haga con el menor daño posible, pero quienes tiene más poder e influencia deben estar a la altura.

Se publica este artículo un 14 de abril, en una triste primavera, pero no cabe perder la esperanza. Volveremos a disfrutar del campo, del mar, de las montañas y quizás lo apreciemos en lo que vale y seamos más cuidadosos con su conservación. Retornaremos a las tabernas y a la conversación y tendremos siempre en el recuerdo a la buena gente que nos ha dejado.

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