Redacción

«Hemos vivido un tiempo de confinamiento donde parecía que el sentido de vida asomaba, y aunque aún estamos en esa crisis que supone un necesario punto de inflexión, parece que de nuevo jugamos al escondite». Joaquín Araujo

Hace años que algunas de las personas que nos dedicamos al turismo rural estamos pensando en los principios de este turismo, lo que fue y lo que es.

En Asturias, el turismo rural nació a finales de los ochenta, en Somiedo en los noventa, como una necesidad de diversificación de la economía y del trabajo en los núcleos rurales. También era una apuesta de futuro, para que las mujeres y la juventud se pudiesen quedar en las zonas rurales, vaciadas desde los setenta. Si bien hay que decir que esto no ha sido así, que cada año se vacían más los pueblos. Intentar desarrollar trabajos en estas zonas con la falta de servicios básicos es una utopía imposible de alcanzar. La educación, las nuevas tecnologías, la falta de servicios y actividades de ocio son algo a lo que hoy en día nadie está dispuesto a renunciar. Por eso el turismo rural pasó de ser un complemento a la economía agro-ganadera del lugar a ser un trabajo de fin de semana para las personas que siendo del pueblo vivimos en la ciudad, o bien un negocio para las personas que han visto en las subvenciones una forma de invertir en la compra de una casa dedicada a turismo, y que permanecen cerradas casi en todas las estaciones del año. Pocas personas son las valientes que viven todo el año en los pueblos dedicándose a esta actividad.

El turismo rural pasó de estar integrado en el medio; tanto si hablamos de paisaje como de costumbres y cultura, a ser una copia que vale para cualquier entorno un poco idílico. Una decoración exquisita (si es de un diseñador de moda mejor), si tiene pitas de porcelana en la parcela con un césped cortado al uno, mejor, así no cantan y no molestan, y el prado bien rasurado es una alfombra estupenda para unos pies urbanitas. Las marcas de calidad nos han traído esa normativa tan común para todos. Tengas apartamentos en Limanes, en Somiedo o en Ribadesella, la diversidad la pone el paisaje, la casa de madera y piedra es idéntica en decoración y estética. Todo en el entorno rural, pero sin el mundo rural, no vaya ser que la caca de vaca huela mal. Recuerdo los anuncios de turismo rural donde la anunciante salía de un jacuzzi como si fuese la protagonista en una revista de moda. La demanda casi siembre va unida a la oferta. Si se vende ruralidad será lo que demanden, si se oferta lo contrario también se demanda lo contrario.

Hace años nadie pedía ver el oso, hoy muchas más personas piden ver el oso.

¿Dónde quedó el ecoturismo en Asturias, y sobre todo en Somiedo? Ese turismo que apreciaba la tranquilidad, la naturaleza, pero sobre todo los trabajos, los oficios, las costumbres, el paisanaje de la zona que era lo que hacía la estancia ser diferente.

Muy pocos alojamientos en Asturias están enfocados hacia el ecoturismo.

Recuerdo a principio, recién inaugurados mis apartamentos, en un curso sobre turismo rural, pasamos una semana recorriendo el País Vasco. Dormíamos en esos caseríos olor a tierra, a oveja, a lluvia y vida rural. Nos levantábamos con el sonido de la madera que crujía a nuestro paso recordando la casa de mi abuela, luego pasábamos al comedor donde nos esperaba queso, mantequilla, mermeladas, frutos secos, y café con leche, todo de casa, todo hecho por las mismas manos que nos ponían la mesa y la sonrisa de buenos días. Aquello sí era turismo rural, aunque ya entonces nos ponían como ejemplo a seguir la única casa que visitamos hecha con subvención y con marca de calidad. ¡Era idéntica a todas las que conocía de Asturias! Sí, aquí renegando de lo nuestro, de lo auténtico, de lo diferente, de lo que nos suena a pueblo, a rural. Hay que ir a la peluquería para recibir a los clientes, y que no se nos ocurra salir de la huerta a recibirlos, ese fue el mensaje de «calidad» que pocas personas se atrevieron a cuestionar porque venía de «los expertos en turismo»

A sí nos fue, convertimos el turismo rural en una copia del convencional pero en un entorno un poco más idílico.

En Somiedo los oficios desaparecieron, las costumbres ancestrales también, solo quedan unos pocos ganaderos con muchas vacas, con muchos tractores, con poco cuito y mucho purín. Restaurantes en Pola, casas rurales en los pueblos, cada año menos rurales.

La promoción nada diversificada, y estacional hace que las personas estén de paso. Sí muchas visitas, muchos coches en los aparcamientos pero cada año menos pernoctaciones, cada año más cierres, o menos meses abiertos los negocios. Así llevamos estos últimos años. Unas encantadas de ver cómo en determinadas fechas el concejo se llena de gente, y otras deseando menos gente pero más desestacionalizada. Desde las instituciones llevan años apostando por el turismo deportivo y de avistamiento, ese turismo que masifica la zona unos días al año. Ese turismo que ofrecen todos los municipios, que encuentras en cualquier parte del país.

Aún no se dan cuenta que lo que nos diferencia del resto es lo que nos da la calidad turística, lo que hace que vengan personas que buscan esa excepcionalidad, esa diferencia.

La naturaleza es para que todas las personas la puedan disfrutar dicen, aunque igual es más correcto decir explotar que disfrutar.

Un parque natural tiene como principios la conservación, no deberíamos olvidarlo tan fácilmente. La conservación de la naturaleza, de la cultura, de las tradiciones, de la etnografía, del paisanaje es la solución para que los pueblos tengan futuro y con ellos el turismo.

Algunas todavía tenemos la esperanza de que esto pueda ser así, ejemplos como los que hay en Cangas del Narcea de «ecoturismo» son un ejemplo a seguir.

Con estos planteamientos llegamos al 2020 y llega la pandemia. Dos meses de confinamiento dan para pensar mucho. Los negocios cerrados, y la gente con ganas de pasear, de empaparse de naturaleza, de campo, de tranquilidad. Las ciudades con todo cerrado y las personas confinadas en edificios herméticos, en muchos casos sin vistas, hicieron que nos replanteáramos la vida que llevábamos, la que queríamos llevar. El valor de las cosas.

Pensaba yo que saldríamos de la pandemia con más humanidad. Palabras como solidaridad, responsabilidad, consumo, capitalismo, movilidad, serían replanteadas. Pensaba yo que este parón sanitario nos haría cambiar el ritmo de vida y con ello los valores. Pensaba que era el momento de retomar los inicios del turismo rural, o por lo menos repensarlo. Parece ser que no hemos aprendido mucho, parece ser que se sigue apostando por lo de siempre; gente de paso, mientras más, mejor.

Algunas personas seguimos pensando que es el momento idóneo para volver a los orígenes del Turismo Rural, cuando importaba más la diferencia que la norma. Cuando la clientela era mucho más que simples turistas de paso.

Otras siguen apostando por la uniformidad hasta en el pensamiento.

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Turismo rural después de la pandemia