Me ha alegrado especialmente el fin del estado de alarma. Acostumbrado a viajar, circunstancias personales, sumadas al confinamiento, me lo han impedido durante casi nueve meses. Al fin y al cabo, aunque un asturgalaico no pueda considerarla tierra extranjera, forma parte de la vieja Gallaecia y de la Asturias cismontana, en León soy un emigrante que nunca dejó de echar de menos el mar y el orbayu, además de a familiares y amigos. Pero la alegría no logra disipar todos los temores.

Recordaban estos días los periódicos el aniversario de la película Tiburón, que, como todo el tópico cine de catástrofes, no está entre mis favoritas, a pesar de que la habilidad de Spielberg logre hacerla menos tediosa que otras de su género. Si la traigo a colación es por el conflicto entre el turismo y la salud pública. El estado de alarma fue necesario, a pesar de su gravoso coste. Es significativo que ahora parezcan echarlo de menos dirigentes del PP, incluso del madrileño, aunque la dirección nacional de su partido lo hubiese convertido en un ataque a las libertades públicas. ¿Era este el momento oportuno para quitar todas las trabas a la movilidad? Da la impresión de que el cansancio de la ciudadanía, que Vox intentó aprovechar, las dificultades del gobierno para encontrar apoyos en el Congreso y el miedo justificado a los efectos económicos de la limitación de los viajes han precipitado la decisión.

Si sale mal, veremos pronto al coro de hienas echándole la culpa a la coalición gobernante. No estaría mal hacer hoy un esfuerzo por retener en la memoria que nadie se ha opuesto, también que todos los países de la Unión Europea han hecho lo mismo y que algunos incluso se adelantaron y presionaron, de hecho, a España para que abriese sus fronteras. Es lógico que exista cierta prevención en nuestro país por los desplazamientos de madrileños y barceloneses, pero se diluye con el riesgo que representan británicos y suecos. No tendría sentido mantener restricciones para los habitantes de las dos grandes ciudades españolas si desaparecen para los turistas de estos países, en los que sigue habiendo un número de contagiados diarios, la estadística que realmente importa ahora, muy superior. Solo hace unos días que dos viajeras británicas reintrodujeron el virus en Nueva Zelanda. Las medidas de prevención adoptadas en los aeropuertos para quienes proceden del territorio Schengen suenan a broma cuando millones de ellos, como todos los años, entrarán por carretera. Por otra parte, tomar la temperatura carece de eficacia frente a los asintomáticos o los que están incubando el virus. Peor será, en cualquier caso, que la UE no se atreva a mantener las restricciones a la entrada de ciudadanos de EEUU.

Se ha impuesto la economía. Quizá el precio de conservar cerradas las fronteras a los visitantes de algunos países hasta agosto hubiese sido altísimo. En cualquier caso, es una decisión del conjunto de los dirigentes europeos, conservadores, democristianos, liberales o socialistas.

Como con relación a las consecuencias a largo plazo de la pandemia, hay razones para el optimismo en la economía. A diferencia de 2008, la caída de la producción no se debió a una crisis financiera. Hay crédito y parece que habrá dinero para inversiones. Los bares vuelven a estar llenos, incluso con más gente que antes, lo que, gracias a la limitación de aforo, conduce a que haya clientes incluso para los que anteriormente estaban vacíos. Quizá los hoteles no logren llenos como los del año pasado, pero probablemente la mayoría tenga ingresos suficientes para superar la crisis. A poco bien que lo haga la Unión Europea y que los políticos españoles encuentren la vía del acuerdo razonable, la recuperación en V parece probable. Si Trump pierde las elecciones en EEUU, las posibilidades de una rápida recuperación de la economía mundial serán todavía mayores, también las de que las derechas se alejen del radicalismo populista en todos los continentes.

La incertidumbre, además de en la política hispana, se encuentra en un posible rebrote de la epidemia. Confiemos en que la experiencia permita controlarlo y en que, de verdad, se hayan adoptado las medidas necesarias para que no se repita la falta de medios que la sanidad mostró hace solo unos meses. Ningún gobierno, ni estatal ni autonómico, podrá decir entonces que no estaba avisado. Confiemos también en la ciencia. Si, como parece posible, llega pronto la vacuna, todo se convertirá pronto en un mal recuerdo. Mientras tanto, bueno sería que siguiésemos alarmados. Solo la prudencia puede evitar una nueva tragedia o, al menos, limitarla.

Permítanme una especie de postdata: estos días más que nunca, las estadísticas pueden entorpecer la comprensión de la realidad. Poco importa, a la hora de tomar decisiones, el número de muertos acumulados en cada país o región, tampoco el histórico de contagiados, sea en números absolutos o por cien mil habitantes, lo fundamental son los contagios diarios y en las dos últimas semanas, eso es lo que indica la circulación del virus y si es grande o pequeño el riesgo de rebrote o de difusión por parte de los viajeros. En el caso de España, loable es la curiosidad científica por conocer el número exacto de fallecidos y de contagiados por el coronavirus, pero nunca se sabrá, aunque los estudios puedan en el futuro llegar a aproximaciones bastante precisas. No creo que a quien haya perdido a un ser querido le obsesione saber si falleció por una neumonía vírica o bacteriana, su dolor no va a cambiar por ello. Tampoco es necesario para honrar a los muertos conocer la causa exacta del fallecimiento de cada uno.

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Sería conveniente que siguiésemos alarmados