Nadie sabe qué depararán los meses venideros, en los que seguiremos teniendo el alma en un puño. Si seremos capaces de convivir con el riesgo y controlar los brotes y episodios de dificultad, con medidas proporcionales propias de una gestión racional de las contingencias, o si nos deslizaremos por cualquiera de las dos pendientes de este desfiladero. Una, la más temida y agitada, la del desbordamiento de los sistemas sanitarios, la repetición de las escenas de profesionales exhaustos, enfermos malmuriendo a la espera de atención, morgues improvisadas, hospitales de campaña, poblaciones confinadas, miedo y encierro. Otra, menos evidente y dolorosa, pero también tóxica y dañina, la de la sociedad atenazada, el ejercicio desmesurado y arbitrario de medidas de contención fuera de escala, el despliegue del control social a lomos de la invocación de la disciplina, la erosión continuada de la convivencia y las libertades, la desconfianza y el recelo mutuo campando a sus anchas, el cambio unilateral de los términos de la relación entre gobernantes dispuestos al reproche a los ciudadanos y gobernados a caballo entre la sumisión y el cinismo, todo ello en un contexto de deterioro socioeconómico de impredecibles consecuencias. Los dos escenarios son temibles y de efectos perdurables, no en vano el impacto de la oleada ya sufrida de la pandemia y de las medidas adoptadas sigue y seguirá presente en ambas perspectivas. La diferencia, sin embargo, estriba en la aparente preponderancia que se otorga al primero de los peligros a conjurar, aunque incurriendo en contradicciones llamativas (por ejemplo, alentando la movilidad asociada al turismo mientras algunas declaraciones exhalan temor al foráneo); mientras se orilla completamente la segunda de las amenazas, incluso renunciando a cualquier cuestionamiento crítico de la necesidad y alcance de las medidas restrictivas de las libertades o, como mucho, reduciendo el debate al dilema, en buena medida falso, entre seguridad sanitaria y recuperación económica. En esta travesía, sin embargo, Escila y Caribdis deberían ser temibles prácticamente por igual para el navegante, si queremos preservar el conjunto de los valores en los que decimos sostener nuestra sociedad, sin fundamentalismos sanitarios, por un lado, ni utopías libertarias, por el otro.

El drama y, a su vez, la grandeza del ideal de libertad, estriban en que, para que uno vea respetada la suya, es necesario que el resto asuma también como propia la obligación de preservar, tanto la de uno mismo como la ajena. Por muy autónomo y confiado en sus fuerzas que se sea, nadie puede conseguir por sí mismo, salvo escapando a los bosques Walden, un entorno libre de dominación en el que vivir. En el caso que nos ocupa, el camino hacia el menoscabo duradero de la libertad de todos y cada uno de nosotros estará iniciado si, en definitiva, el sentir mayoritario de la sociedad admite que, fuera del estado de alarma, con cuestionable base legal y dudoso soporte constitucional, gobiernos de todo signo, en lugar de optar por una política preventiva prudente que interfiera lo menos posible en la esfera personal, se sumen a una corriente arbitrista donde sólo se puede hacer lo que esté expresamente permitido (apoteosis del burócrata); donde la privacidad es considerada un lujo inasumible; donde la sujeción a las decisiones y controles invasivos y la «resignada aceptación» (término de la circular del Ministerio del Interior sobre la aplicación del régimen sancionador) se exponen como bondad moral y, al contrario, el celo personal es acusado de insolidaridad; donde se construye a marchas forzadas una suerte de «derecho sanitario del enemigo», que sospecha y estigmatiza a cohortes enteras de población, que propende a la multa y a la medida limitativa de libertad, que carece de proporción, amenaza y culpabiliza. Recordemos que la moral victoriana y sus estragos también se sostenían, en parte, en concepciones salubristas, espantados de aquella por la sífilis y la tuberculosis y por todo aquello que supuestamente las favorecían. Hoy avanzamos hacia un puritanismo sanitario que parece contemplar como posible un distanciamiento físico perenne, la sustitución de la autoprotección personal por el dictado continuo de normas imperativas difíciles de abarcar y comprender, la permanencia de la mascarilla obligatoria incluso donde se puedan respetar las distancias y hasta la proscripción del baile, puestos a prohibir.

A mí, que el confinamiento me ha puesto ante el espejo de una vida insulsa en la vieja normalidad, y que a mis fríos, dóciles y ordenados cuarenta y tantos no me cuesta casi nada respetar las obligaciones impuestas, me preocupa el repudio colectivo a la libertad; me aterra lo que un futuro gobierno abiertamente autoritario pueda hacer con este caudal de poder y control acumulado; y me inquieta la mayoría que, parapetada en el comprensible miedo, alienta esta involución en aras de una vida deshumanizada, de ancianos encerrados en sus residencias sin derecho a deambular, niños sin escolarización plena, jóvenes permanentemente escrutados bajo miradas torvas, internamientos forzosos y retenciones preventivas, geolocalización e invasión del ámbito privado, tristes inspectores pidiendo el carnet a la salida en la puerta (que diría el añorado genio) y prohibición de todo contacto y expresión de afectividad que no sea la impostada de las redes, mientras no llegue una vacuna segura, eficaz y generalizada, si es que llega (y hasta la siguiente pandemia).

Acabamos de empezar a recorrer la «nueva normalidad» que, si nos atenemos a la prolongación de la crisis sanitaria, puede extenderse hasta alcanzar una lejana «normalidad normal», valga la expresión, que tampoco es seguro que llegue a presentarse. Si en la etapa actual no preservamos, con buenas dosis de serenidad (especialmente cuando se presenten situaciones sanitarias complicadas), la adecuada mezcla de responsabilidad, prudencia, confianza mutua y respeto elemental a las libertades y sus garantías, la convertiremos un estado de alarma encubierto y perpetuo, la fase de transición a la llamada democracia iliberal, el principio de una época extraña, fea y declaradamente hostil, plagada de servidumbres.

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El legado autoritario de la pandemia